viernes, 26 de abril de 2019
jueves, 18 de abril de 2019
Presentación de Quién anda ahí de Ketty Blanco Zaldivar en Madrid
Acaba de salir el poemario nº 14 de la colección "Toda la noche se oyeron. Poesía latinoamericana de ahora", de la poeta cubana Ketty Blanco Zaldivar.
Se presenta en Madrid, el jueves, 25 de abril, a las 19h en la librería Juan Rulfo. Habrá lectura de poemas, coloquio con la autora y un vino. Todos invitados.
Sobre "Quién anda ahí", escribe Sergio García Zamora en el prólogo:
“Una
búsqueda, una íntima indagación, un buceo en la identidad de sí misma como
poeta y como mujer, tal es el derrotero que signa la escritura de Quién anda ahí. Se necesita de valentía
y sinceridad para enfrentarnos al otro que somos, a los otros que somos. Eso ha
hecho Ketty Blanco. Hay una verdadera pureza en el gesto de querer alcanzar su
definición como ser humano a través de la poesía. Hay una admirable lucidez en
saber al igual que Rimbaud que «yo es otro». Quién sino ella resulta la
desconocida que la suplanta. Descubrimos a la par del sujeto lírico que su
biografía interior, más que doble, se nos presenta de forma múltiple; como bien
cita a la Pizarnik en su defensa: no puede hablar con su voz, sino con sus
voces.
Quisiera destacar la capacidad de síntesis en el
poema de Ketty Blanco. No creo que sea su intención, ni una marcada voluntad de
estilo, sino que es naturaleza en ella, la naturaleza de su escritura;
minimalista, pero sin ver en ese minimalismo un valor añadido, sino la natural
extensión del texto como cuerpo orgánico y vivo. Es en esos breves poemas donde
la ética y la estética de la autora fulgen con mayor nitidez; recobra el pensar
y el ser como categorías no privativas únicamente de la filosofía, sino también
de la poesía que se apropia del mundo.”
martes, 2 de abril de 2019
Firas Sulaiman, Olvidando
10.
Reorganizo la escena,
con tenacidad.
Como el muchacho cuya masturbación fue interrumpida
por la guerra.
16.
Recolectar muchos fragmentos del viento
para una mujer
en una habitación húmeda
se parece a componer un caballo muerto;
se parece a mí inclinado contra una polvorienta
bicicleta, llorando en algún callejón estrecho.
Reunir muchos fragmentos de
direcciones
para una mujer
que no regresará,
se parece a alguien
mordido por el otoño en una plaza abarrotada
19.
Hay un vacío temblando debajo de la máscara
que no pertenece a nadie
Sangre en la escalera,
no hay asesino, ni asesinado,
solo hay sangre que no se secará
© Firas Sulaiman, Editorial Olifante, Zaragoza, 2019
© Traducción: Verónica Aranda
Firas Sulaiman es un
escritor sirio con numerosas publicaciones en árabe, que incluyen seis libros
de poesía, dos de ellos recientemente publicados en inglés (Forgetting y Her Mirror is an Unarmed Hunter), un volumen de relatos, dos libros
de aforismos, ficción experimental y artículos. Su obra se ha editado en
múltiples antologías y revistas literarias. Algunos de sus poemas han sido
traducidos al español, inglés, francés, rumano, croata y sueco. En la actualidad
reside en Nueva York.
domingo, 17 de marzo de 2019
Reseña de Dibujar una isla, por Francisco José Martínez Morán en la Revista Paraíso
Verónica
Aranda, Dibujar una isla,
MADRID,
reino de cordelia, 2017.
Francisco José Martínez Morán
Dibujar una isla, merecedor del
XX Premio de Poesía Ciudad de Salamanca y publicado, con una delicadeza
encomiable por Reino de Cordelia, es el nuevo libro de la prolífica y siempre
sublime Verónica Aranda (Madrid, 1982), autora de una magnífica colección de
títulos que pueden contarse ya, sin duda, entre los mejores de su generación.
Ariadna García constataba en su momento, al hilo del libro que ahora también
reseñamos (Oculta Lit, a través de la bitácora El rompehielos, 19 de enero de 2018), la forja que de su voz, tan
propia, reconocible e hipnótica, había ido realizando Verónica Aranda a lo
largo de su larguísima producción poética y la manera en que esos elementos
característicos fraguan, como siempre y como nunca, en los poemas que componen
su última entrega lírica; y al mismo tiempo, sin suponer una contradicción, un
giro importante en su tratamiento de temas y formas. En efecto, Ariadna García
acertaba de pleno: sigue, como siempre, encontrando el lector en Dibujar una isla un trabajo honesto y de
alta exigencia, perfeccionista y plagado de detalles y sutiles musicalidades,
pero también, al unísono, una nueva dimensión interior del verso y sus posibilidades
de introspección hasta ahora inédita en Aranda. Estos nuevos caminos, presentes
sobre todo en el tramo final del conjunto, resultan sólidos y prometedores, y
contrastan, enriqueciéndola en un muy alto grado, con la distintiva sensualidad
verbal de la autora. Hay, tal vez, en estas páginas una nueva y fascinante
frialdad de lo real cotidiano que, pasada por un filtro simbólico de inusitada
potencia, resulta, sencillamente, sobrecogedora.
Dibujar una isla se divide en
tres partes. Las dos primeras, un recorrido minucioso por las islas del Egeo y
del Jónico, suponen un glorioso, sugerente y logradísimo elogio de la levedad.
La poeta construye en ellas un nosotros,
no poco narrativo, sobre el que se levanta y gravita una lúcida observación de
lo cíclico y de lo necesariamente perecedero. Todo encaja: se produce un viaje
a la raíz y sus frutos; las viajeras, que se saben herederas de ese mundo
eterno que apenas rozan, se reconocen, a
su vez, temporales y variables: como el mar que circunda todos los
territorios, como la piel en el vaivén de los deseos y las frustraciones
veladas. De ahí los símbolos cítricos que pueblan los poemas de estas
secciones; de ahí los jardines de las villas, los ciruelos, las alcaparras, los
pinares, el vino, el paraíso diminuto que se nos describe en versos
como los de “Antipaxos” (p. 47), como preludio de un nítido descenso a los
infiernos: como en el mito de Perséfone, quizás, fruta para el olvido que
apenas fue recuerdo.
El título del libro remite a ricas evocaciones sobre la tarea misma de la
escritura: el dibujo requiere de la observación, como la poesía; la isla
requiere interioridad, encuentro y desencuentro de tierra y agua, como se
requieren papel y tinta. Recordaba Cirlot en su Diccionario de símbolos que Jung hablaba de la isla como un
“refugio contra el amenazador asalto del mar inconsciente” (cito según la
edición de Siruela de la obra [2001, p. 263]). Hay en los poemas de Aranda
refugio y conocimiento compartido, hogar itinerante contra la podredumbre de lo
roto. Verónica Aranda teje en estas dos secciones el tapiz de una íntima odisea
y traza, por lo tanto, un delicado puente entre la épica personal y la lírica
aún no desgastada, pero inminentemente ruinosa, de las protagonistas.
Tras la transición de las islas del Jónico, en las que se intuye, desde
el mismo acercamiento en ferry una tormenta irremediable, la simbología de la
isla cambia de forma diametral y es la casa, el hogar que debe compartirse, un
perfecto exponente de las islas con las que cierra Cirlot la entrada de su Diccionario antes aludida: en paralelo a
la sección final (“Dibujar una casa”) encontramos que “[según el hinduismo] la
isla se concibe como el punto de fuerza metafísico en el cual se condensan las
fuerzas de la inmensa ilógica del océano”, mientras que para la cosmovisión
grecolatina simboliza “[la isla] aislamiento, soledad y muerte. La mayor parte
de deidades de las islas tienen carácter funerario, como Calipso” (loc. cit.). Huelga decir, así pues, que
ambas culturas han influido de manera decisiva en el quehacer poético de
Verónica Aranda y que, por ende, este resulta un paso más que lógico en la
evolución de su escritura.
Es el momento, en esas páginas finales, de la exploración de dicha
confluencia, a través de los versos más sombríos de toda su carrera, pero
también, me atrevo a decir, de los más personales y, sin lugar a dudas,
turbadores. Y no se conforma aquí Aranda con la inercia del significado direco
de la casa convertida en isla y en jaula y en desencanto, sino que crea un
enorme catálogo de imágenes (incluso con neologismos en aposición realmente
felices, como silencio-arcilla)
cercano al surrealismo para delinear con precisión exquisita el fruto malogrado
de una isla sin raíz donde la promisión se resuelve en un inventario de lo irrecuperable.
Se viaja, así, de la clave alta de las islas griegas (de la fluidez de la
natación y del itinerario) a la clave baja, muy baja, de lo detenido y hecho
añicos, al testimonio del estigma y del muro.
En definitiva, Dibujar una isla
nos ofrece una novedad doble: no solo una magnífica colección de poemas nuevos
de Verónica Aranda, sino también un nuevo rumbo en su dicción y una nueva forma
de construir sus libros y los poemas que los componen. Estamos de enhorabuena.
(Reseña publicada en el nº14 de la
Revista Paraíso, Diputación de Jaén, 2019)
sábado, 2 de febrero de 2019
viernes, 11 de enero de 2019
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