martes, 27 de noviembre de 2012

Instantáneas de mujeres indias












 
 
 

          Instantáneas de mujeres indias

  (Premio Yolanda Sáez de Tejada, El Bonillo, 2012)

 

Vi a la lavandera del río Krishna

y le tendí la mano.

Vi a la mendiga en un tren regional

comiendo una cebolla.

Vi a la obrera que, digna,

con su dote en el cuerpo

carga media docena de ladrillos.

Vi a la desahuciada en Nueva Delhi

suplicar unas rupias

para una operación.

Vi a la joven prostituta

expuesta en la choza de sus padres.

Vi a la mujer que bajo la canícula

compra un sari nupcial.

Vi a la vendedora de guirnaldas

con las costillas rotas.

Vi a la viuda que rompe las ajorcas

y hace sus abluciones

un día soleado en Rishikesh.

Vi a la diosa Saraswati

con un sitar sobre la flor de loto.

Vi a la muchacha ágrafa

calentando la plancha de carbón.

Vi a la mujer homosexual suicida

huir por los peñascos del desprecio

y el matrimonio concertado.

Vi a la niña trapecista

en regiones de hambruna.

 

Vi la pira, el dolor y la verdad.

Y ardí entre el trigo y el desasosiego.
 
                                 
                                                     Verónica Aranda

 

                  

martes, 20 de noviembre de 2012

Gaza
















                                                  Gaza


                       
No quedan plañideras ni estirpes de jinetes.

                        Siguen cayendo bombas de racimo

                        sobre las ambulancias, los pupitres,

                        los patios de oración de las mezquitas.

                        Israel no da tregua

                        y raciona la luz, las hogazas de pan,

                        los pasos fronterizos.



                        La muerte y sus heridas que supuran,

                        la muerte y sus quirófanos precarios,

                        cuando la madrugada escupe sangre

                        sobre algún sequedal con girasoles.



                        Desde la jaima de los mutilados

                        el exilio se extiende con su sed de venganza.

                        Un incendio de olivos

                        en las encrucijadas de caminos

                        y ninguno conduce a Galilea.



                                                           
                                                          Verónica Aranda
                                                          de Postal de olvido, (El Gaviero, 2010)
                                                                                                 





jueves, 11 de octubre de 2012

Oporto, Eugénio de Andrade

                                                                                         Foto: Alicia Andrés

O Porto é só uma certa maneira de me refugiar na tarde, forrar-me de silêncio e procurar trazer à tona algumas palavras, sem outro fito  que não seja o de opor ao corpo espesso destes muros a insurreição do olhar. O Porto é só esta atenção empenhada em escutar os passos dos velhos, que a certas horas atravessam a rua para passarem os dias no café em frente, os olhos vazios, as lágrimas todas das crianças de São Vítor correndo nos sulcos da sua melancolia. O Porto é só a pequena praça onde há tantos anos aprendo metodicamente a ser árvore, aproximando-me assim cada vez mais da restolhada matinal dos pardais, esses velhacos que, por muito que se afastem, regressam sempre à minha vida. Desentendido da cidade, olho na palma da mão os resíduos da juventude, e dessa paixão sem regra deixarei que uma pétala pouse aqui, por ser de cal.

                                                                                                       Eugénio de Andrade
                                                                                                       Vertentes do olhar

Oporto es sólo una cierta manera de refugiarme en la tarde, cubrirme de silencio y tratar de sacar algunas palabras, sin otro objetivo que no sea el de oponerse al cuerpo espeso de estos muros con la insurrección de la mirada. Oporto es sólo esta atención empeñada en escuchar los pasos de los viejos que a ciertas horas cruzan la calle para pasar los días en el café de enfrente, los ojos vacíos, todas las lágrimas de los niños de São Víctor deslizándose por los surcos de su melancolía. Oporto es sólo la pequeña plaza donde desde hace años aprendo metódicamente a ser  árbol, acercándome así cada vez más a la algarabía matinal de los gorriones,  esos pillos que, por mucho que se alejen, regresan siempre a mi vida. Desentendido de la ciudad, miro en la palma de la mano los resíduos de la juventud, y de esa pasión sin ley dejaré que se pose aquí un pétalo, por ser de cal.

                                                                                   Traducción: Verónica Aranda
  

viernes, 21 de septiembre de 2012

Cayo Hueso

                                                                                                 Foto: Alicia Andrés
    

                           
                               Atardecer.

                               Las plumas del pelícano
  
                               anaranjadas.


                                                    Verónica Aranda
  
  

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Prólogo a "La central térmica" de Antonio Agudelo







                                                      Temblor de flores                               Verónica Aranda

Son muchos los haijin (poetas del haiku) que han cantado a su aldea natal. Entre los grandes maestros, Santoka, poeta vagabundo que durante años viajó sin rumbo fijo por Japón, daba mucha importancia a llegar a su pueblo después de largas peregrinaciones (“Un largo puente/ si lo cruzo/ estaré en mi aldea natal”) y celebraba eufórico este suceso: “Luciérnadas/ venga, venid/ he llegado a mi pueblo”. Para Santoka esta llegada representa un acto de purificación, algo de arraigo y calor humano en medio de tanto desapego: “Beber el agua,/ lavarme con el agua/ de mi aldea natal.”
En el haiku contemporáneo, encontramos ejemplos como el de Nishiguchi Sachiko, una anciana que vive retirada al cuidado de su huerto en la aldea Sakuradani, que es el epicentro de su obra: “Crece de pronto/ el ruido de la perforadora./ Llovizna en la aldea”.
Antonio Agudelo, siguiendo la senda de los maestros con un espíritu innovador, canta en este libro a su pueblo natal, Villaviciosa de Córdoba, en pleno valle del Guadiato: “En campos bioeléctricos/ De espárragos y espinos/ Grazna una grulla.” Se sirve del paisaje local para llegar a los símbolos universales, lejos de la orientalización impostada.      
Lo primero que nos llama la atención es el título, “La Central Térmica”, sin duda arriesgado para un libro de haikus. Dicha Central, que se encuentra a unos kilómetros de Villaviciosa, en el Pantano de Puente Nuevo, tiene un alto poder simbólico para el autor. Representa la fuente de energía del mundo, la vida, el gran enigma: “La Central Térmica/ Cables de alta tensión: / Principio y fin.”
Igual de innovadora es la división del libro en “Luz de día” y “Luz de luna”, que se aleja de la clasificación tradicional en cuatro estaciones. Luz-oscuridad, vida-muerte, claridad-niebla son dicotomías que ya estaban presentes en “El sueño de Ibiza” y “Madreagua”, los anteriores poemarios de Agudelo. Hay un deseo de captar atmósferas y detener con sutileza momentos del día bajo los filtros de la luz o de la oscuridad, todo ello a través del empleo de la métrica clásica 5/7/5, que es la quintaesencia del haiku, su respiración natural.
Cabe destacar la relación íntima que establece la palabra con la imagen, ya que algunos textos van acompañados de fotografías. Si desde el siglo XVII se ha cultivado el género del haiga (combinación de haikus, caligrafía y pintura) y algunos maestros como Buson eran también pintores e ilustraban sus propias composiciones, actualmente el haiku tiene la capacidad de integrar nuevas técnicas como la fotografía y la impresión digital, enfocándose en lo visual, en los flashes esenciales a ambos géneros.
Mención aparte merece la edición cuidadísima de Manuel Patiño con reciclado de papel artesanal, todo un goce para bibliófilos, que nos recuerda lo importante que era en Japón durante el periodo Heian el cultivo de la estética y el envoltorio delicado para presentar los poemas.   
El haiku es la traducción del encuentro entre la mirada-pensamiento del poeta y la naturaleza. Este encuentro acontece en un intervalo y en un perímetro: el instante que dura la mirada y el perímetro que alcanza el ojo: “Tras la tormenta/ Vuelve la alondra al canto,/ En plena calma.” Y es el lector el que tiene que dibujar mentalmente la escena, descifrar el enigma de belleza contenido en los haikus que, como guijarros que lanzamos al agua, multiplican sus ondas y nos dejan un poso de serenidad y armonía.
Percibimos la influencia del budismo Zen a lo largo de la obra, en la contemplación pura de las cosas, en la forma de mirar y registrar lo mirado. El haiku, como la vida Zen se centra en lo cotidiano y no excluye nada de su campo. El autor encuentra en el silencio de su mente el sonido de la naturaleza, la cifra del tiempo en un instante. Desde el desapego budista, indaga en el secreto insondable de la Naturaleza y su capacidad ilimitada de creación, de ciclos: “Sobre las ruinas/ Florece el mismo almendro:/ ¡Breve y eterno!”
En “esa forma de decir la nada” que es el haiku, en palabras de José Manuel Portales, la contemplación impulsa la mística de los sentidos, el estado de asombro permanente (aware), como si mirásemos el mundo por primera vez. Y esa búsqueda de la verdad a la que se llega a través de los sentidos, ese deseo de “asir el aire” es una constante en La Central Térmica, donde se proyecta la inmediatez con la vida.
En la primera sección, “Luz de día”, podemos paladear haikus muy visuales, de un profundo cromatismo, que captan la sensación de estar vivos: “Hoy en la aurora/ Se funden de tan rojas/ Las amapolas.” El haijin refleja la conmoción profunda que siente con el roce con las cosas y tiene la necesidad de comunicarlo, dando lugar a hermosas sinestesias: “En lo baldío/ Cuantas sabrosas hierbas/ Por donde piso.”
Aparecen algunos haikus llenos de duende, que podrían funcionar como seguidilla: “Canta cigarra/ Canta con tu estribillo/ La luz sin tregua”; poseen esa gracia natural y sencillez inherentes también al flamenco: “¿Quién borda las espumas/ ¿Quién borda el agua?”.
Por otro lado, encontramos ejemplos de haikus de mu-i (de lo que no sucede), donde la acción puede ser en negativo: “No hace nada/ Cuando enferma la tierra./ Tiempo de espera.” Como ha explicado Vicente Haya, también lo que no acontece es sagrado, porque es el magma del que emana la existencia, y sin él nada sería posible. Este tipo de haikus tienen un alto contenido espiritual y estético: “Llueve a cántaros/ Y tienen los jazmines/ El mismo aroma.”
            La última sección, “Luz de luna”, cobra formas más metafísicas y oníricas, como ese tren de sombras que pasa en el relámpago. Agudelo introduce la abstracción y la metáfora características del haiku moderno, reivindicando el individualismo frente a la rigidez de los más puristas, que insisten en la desaparición completa del yo. Durante la noche, la creación invita al recogimiento y a la búsqueda del Absoluto, aunque sea bajo una capa de niebla y de soledad cósmica. Es lo que en Japón se denomina wabi sabi, esa sensación de belleza nostálgica que nos envuelve, de belleza compasiva ante la aceptación serena de la fugacidad: “Descenso a Dios/ El vacío, su rostro/ Niebla sin puertas”. El poeta crea una atmósfera flotante, casi cinematográfica en algunos pasajes: “Hay luna llena/ Aves rozan la tierra/ Como un cometa.” Y acaba alcanzando estados de iluminación cercanos al satori, en que se elimina el dolor y los apegos terrenales. El cuerpo desaparece para transcender y ser sólo conciencia desasida, en profunda conexión con la naturaleza: “Sueño nocturno:/ Intento asirme al cuerpo/ Y ya no está.”
Este es el camino de depuración estilístico y espiritual propio del que ha elegido la soledad de los bosques y dialoga a diario con el cosmos, después de haber comprendido que todas las cosas se relacionan entre sí de forma invisible. Y Antonio Agudelo es capaz de percibir en cada “temblor de flores” la sacralidad del mundo y plasmarlo en diecisiete sílabas.



                                                                                                       

jueves, 13 de septiembre de 2012

Vietnam

                                                                                                   Foto: Alicia Andrés


               
                   

                    Pueblo flotante.

                    Una niña navega

                    en su jofaina.


                                                      
                                        Verónica Aranda