domingo, 22 de abril de 2012
miércoles, 18 de abril de 2012
Noche griega, Miguel Manso
MIGUEL MANSO (Santarem, Portugal, 1979)
ÚLTIMO CIGARRO
o vinho é branco a tarde cai o dia avança no vento
na boca acorda o último cigarro o poema segue o risco
a claríssima insuficiência
na boca acorda o último cigarro o poema segue o risco
a claríssima insuficiência
é este o incêndio da tarde o fim do almoço
a violência dos pássaros as crianças dormem a sesta
reclusas na sombra azul dos quartos
mãos sem sentido
arroz na folha de videira muro caiado de branco
e roseiras
gastronomias inexplicáveis contêm a vida e os pátios
aquela noite grega que não soubemos redigir
vespas bebendo da boca das torneiras
escrevo o poema que não lerás nunca
sobre a toalha de plástico da mesa suja
de azeite
a mão esquecida na vírgula acesa do cigarro
a minha solidão vincada a cotovelos no padrão da toalha
as crianças dormindo na
nitidez esquecida da telefonia
(De Contra a manhã burra)
a violência dos pássaros as crianças dormem a sesta
reclusas na sombra azul dos quartos
mãos sem sentido
arroz na folha de videira muro caiado de branco
e roseiras
gastronomias inexplicáveis contêm a vida e os pátios
aquela noite grega que não soubemos redigir
vespas bebendo da boca das torneiras
escrevo o poema que não lerás nunca
sobre a toalha de plástico da mesa suja
de azeite
a mão esquecida na vírgula acesa do cigarro
a minha solidão vincada a cotovelos no padrão da toalha
as crianças dormindo na
nitidez esquecida da telefonia
(De Contra a manhã burra)
ÚLTIMO CIGARRO
el vino es blanco la tarde cae el día avanza con el viento
en la boca despierta el último cigarro el poema sigue el riesgo
la clarísima insuficiencia
es este el incendio de la tarde el final del almuerzo
la violencia de las pájaros los niños duermen la siesta
encerrados en la sombra azul de los cuartos
manos sin sentido
arroz en la hoja de parra muro encalado de blanco
y rosales
gastronomías inexplicables contienen la vida y los patios
aquella noche griega que no supimos redactar
avispas bebiendo en la boca de los grifos
escribo el poema que no leerás nunca
sobre el mantel de plástico de la mesa sucia
de aceite
la mano olvidada en la coma encendida del cigarro
mi soledad hincada de codos en la marca del mantel
los niños durmiendo en
la nitidez olvidada de la telefonía.
Traducciones: Verónica Aranda
viernes, 13 de abril de 2012
sábado, 31 de marzo de 2012
Estambul, Orhan Veli
Fotos: Alicia Andrés
A Orhan Veli (1914-1950), se le considera una especie de Fernando Pessoa de la poesía turca. A penas salió de su ciudad, Estambul, donde fundó el Movimiento Garip (extraño), que defendía una poesía sin adjetivos ni elementos estilísticos excesivos, en la que destaca la sencillez y la profundidad emotiva.
Viajando
No tengo intenciones de viajar;
Pero si lo hiciera
Iría a Estambul.
¿Qué harías
Si me vieras en el tranvía
Que va a Bebek?
Sin embargo, ya te he dicho,
No tengo intenciones de viajar.
Pero si lo hiciera
Iría a Estambul.
¿Qué harías
Si me vieras en el tranvía
Que va a Bebek?
Sin embargo, ya te he dicho,
No tengo intenciones de viajar.
Escucho Estambul con los ojos cerrados
Escucho Estambul con los ojos cerrados
Al principio corre una apacible brisa;
Y las hojas de los árboles,
se mueven suavemente;
lejos, muy lejos
Suenan los interminables campanilleos de los aguadores
Escucho Estambul con los ojos cerrados.
Al principio corre una apacible brisa;
Y las hojas de los árboles,
se mueven suavemente;
lejos, muy lejos
Suenan los interminables campanilleos de los aguadores
Escucho Estambul con los ojos cerrados.
Escucho Estambul con los ojos cerrados;
De repente bandadas de pájaros vuelan,
en las alturas piando
Se están recogiendo las redes en el muelle
Tocan el agua los pies de una mujer
Escucho Estambul con los ojos cerrados.
De repente bandadas de pájaros vuelan,
en las alturas piando
Se están recogiendo las redes en el muelle
Tocan el agua los pies de una mujer
Escucho Estambul con los ojos cerrados.
Escucho Estambul con los ojos cerrados;
El gran Bazar está sereno y fresco
Hay bullicio en Mahmutpaşa
Patios poblados de palomas
Vientos de primavera traen olores de sudor;
Escucho Estambul con los ojos cerrados.
El gran Bazar está sereno y fresco
Hay bullicio en Mahmutpaşa
Patios poblados de palomas
Vientos de primavera traen olores de sudor;
Escucho Estambul con los ojos cerrados.
Escucho Estambul con los ojos cerrados;
Todavía con resaca por las bacanales del pasado
Un yalı con embarcadero vacio;
Relajado, después del zumbido de los vientos del sur
Escucho Estambul con los ojos cerrados.
Todavía con resaca por las bacanales del pasado
Un yalı con embarcadero vacio;
Relajado, después del zumbido de los vientos del sur
Escucho Estambul con los ojos cerrados.
Escucho Estambul con los ojos cerrados;
Una coqueta muchacha pasa por la acera;
Palabrotas, silbidos, canciones, piropos,
cae algo de su mano;
presiento que es una rosa;
Escucho Estambul con los ojos cerrados.
Una coqueta muchacha pasa por la acera;
Palabrotas, silbidos, canciones, piropos,
cae algo de su mano;
presiento que es una rosa;
Escucho Estambul con los ojos cerrados.
Escucho Estambul con los ojos cerrados;
Un pájaro aletea alrededor de tu falda
¿No sé si tu frente esta caliente o no?,
¿o tus labios están húmedos?
Detrás de los pinos asoma la luna blanca,
puedo sentirlo en los latidos de tu corazón
Escucho Estambul.
Un pájaro aletea alrededor de tu falda
¿No sé si tu frente esta caliente o no?,
¿o tus labios están húmedos?
Detrás de los pinos asoma la luna blanca,
puedo sentirlo en los latidos de tu corazón
Escucho Estambul.
martes, 27 de marzo de 2012
Reseña de Esthér Giménez: "Senda de sauces"
Sauce Llorón, Monet
RESEÑA: Senda de sauces (99 haikus), Verónica Aranda (Ediciones Amargord, 2011)
Esthér Giménez
La poesía de Verónica Aranda se posa sutil sobre el silencio, como la garza en el río, huella borrada que apenas es huella. Su Senda de Sauces avanza sibilante y sigilosa y nos embauca con su música de viento. Comienza la obertura con sonido de oboes, atmósfera grave y serena que nos prepara y concentra en el camino. Nos brinda la poeta su andadura en cuatro estaciones, fiel al espíritu del haiku, que formalmente alude a los elementos naturales en los que se enmarca la experiencia poética. Las instantáneas entresacadas de cada época de del año se tiñen de las sensaciones, vivencias, lecturas y recuerdos de la poeta; imágenes que quedan así cubiertas por un envoltorio imperceptible, por una niebla que empaña lo superfluo y solo deja pasar lo esencial; una realidad fragmentada, inacabada –no en vano la autora elige que sus haikus sean 99, número que queda abierto a lo inesperado pero que a la vez ilustra la repetición, la continuidad, como el círculo que comienza y acaba en sí mismo, puerta que se abre pero que también se cierra.
La primavera es el punto de inicio de este ciclo, estación cuyo sentido se resume en la cita introductoria de Yamaguchi Sodô: “no hay nada y está todo”; una unión de contrarios que bien refleja la eterna lluvia, en sí movimiento y quietud, el ruido y el silencio, lo común y lo inesperado:
Pequeños sobresaltos de vida aguardan escondidos tras lo cotidiano, elementos que enriquecen el viaje –siempre presente– pero que también lo salpican de misterio:
“Vuelvo a mi choza
por la senda de sauces.
El verano llega y con él la zozobra, el encallamiento, el desasosiego. La naturaleza se vuelve molesta, insidiosa y cómplice de nuestras miserias: avispas, mosquitos, espigas, que inoculan pereza, soledad, hastío. El viajero se guarda de lo natural y se diluye entre las calles, las gentes y sus hábitos, bajo un sol de justicia que ilumina con fuego las desdichas humanas. No obstante, aún quedan refugios para la ensoñación:
“Por la pantalla
Adelante, amenaza el otoño. Un largo camino en solitario que agudiza la más profunda añoranza:
“Te vi pasar;
El ser se desmiembra como lo hace la vida alrededor; una capa efímera y presente cubre y consuela del dolor pasado, como los crisantemos caídos que, en voz de la poeta, tan bellamente ocultan la sangre del ciervo herido. El viajero está cansado y melancólico, pero su sed de camino aún no se apaga.
Con el invierno, el luto blanco, la nieve que desorienta al caminante. La nieve persistente que cae y reposa, que todo lo cubre, sin distinción, que nos deshumaniza:
“Tras el biombo
Verónica abandona la senda por el momento, pero la senda y los sauces permanecen, de la tierra manan y a la tierra vuelven. La autora cierra el círculo pintándolo de blanco, dándole opacidad y deslumbramiento. Como el papel del calígrafo rotundamente blanco antes de la tinta; la página no escrita del poeta, que en su seno ya es asombro, espera todavía, “con rastro de cien ciudades” y otros viajes en ciernes.
RESEÑA: Senda de sauces (99 haikus), Verónica Aranda (Ediciones Amargord, 2011)
Esthér Giménez
La poesía de Verónica Aranda se posa sutil sobre el silencio, como la garza en el río, huella borrada que apenas es huella. Su Senda de Sauces avanza sibilante y sigilosa y nos embauca con su música de viento. Comienza la obertura con sonido de oboes, atmósfera grave y serena que nos prepara y concentra en el camino. Nos brinda la poeta su andadura en cuatro estaciones, fiel al espíritu del haiku, que formalmente alude a los elementos naturales en los que se enmarca la experiencia poética. Las instantáneas entresacadas de cada época de del año se tiñen de las sensaciones, vivencias, lecturas y recuerdos de la poeta; imágenes que quedan así cubiertas por un envoltorio imperceptible, por una niebla que empaña lo superfluo y solo deja pasar lo esencial; una realidad fragmentada, inacabada –no en vano la autora elige que sus haikus sean 99, número que queda abierto a lo inesperado pero que a la vez ilustra la repetición, la continuidad, como el círculo que comienza y acaba en sí mismo, puerta que se abre pero que también se cierra.
La primavera es el punto de inicio de este ciclo, estación cuyo sentido se resume en la cita introductoria de Yamaguchi Sodô: “no hay nada y está todo”; una unión de contrarios que bien refleja la eterna lluvia, en sí movimiento y quietud, el ruido y el silencio, lo común y lo inesperado:
“Lluvias continuas.
Por mi choza modesta
saltan las ranas.”
por la senda de sauces.
Ardillas grises.”
de cine de verano
la mariposa.”
luego el largo camino
y la hojarasca.”
se maquilla la viuda.
Llega el invierno”.
viernes, 23 de marzo de 2012
martes, 7 de febrero de 2012
Jane Bowles en Tánger
Es el momento del poema:
Jane Bowles cruza la calle Libertad
del brazo de Cherifa, su amante bereber.
La mirada perdida, alcoholizada.
Pasan por el Gran Zoco donde hay puestos
de papagayos rojos y caminan
entre la multitud, la abulia, las especias.
Han pasado la tarde en el café París.
Sabe aburrirse la Sra. Bowles
con la elegancia de los elegidos.
Sabe sorber el té, los lugares comunes.
Queda lejos el Sáhara,
las alcobas de hotel desangeladas
donde escriben, febriles, los viajeros.
La Olivetti hace tiempo
que quedó relegada en un rincón
de su piso de Tánger.
Tiempo de la mentira y de la amnesia.
Queda la dispersión
y los atardeceres de gin tonic,
alguna que otra fiesta
en las mansiones del Marshan.
con tintes desvaídos, con enigmas,
de la vieja ciudad internacional.
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