jueves, 26 de junio de 2014

El imperfecto cielo concedido, Marta Fuentes


Reseña: El imperfecto cielo concedido” de Marta Fuentes (Polibea, Madrid, 2014)
Delhi-Estambul-Fez: una mirada intramuros
                                                                                                                                    Verónica Aranda
Casi veinte años han transcurrido desde la publicación de su primer libro, Servidumbre de vistas. Marta Fuentes, poeta expatriada, inclasificable, tenía que hacer su particular viaje odiseico y alejarse de todos los círculos literarios para traernos El imperfecto cielo concedido, poemario de larga gestación que sus lectores llevábamos tiempo esperando. Como escribió Paul Bowles, el viajero, a diferencia del turista, “se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra." Así, la autora nos ofrece un itinerario vital por las tres ciudades en las que ha residido: Estambul, Delhi y Fez. Su proceso de escritura responde al despojamiento, consecuencia directa de su nomadismo. “La memoria es intemperie” y al final queda solo lo esencial de cada travesía, de cada vislumbre, por lo que el libro está coherentemente compuesto de poemas breves que, a modo de orfebre, va cincelando hasta dejar solo lo medular. Marta Fuentes elige con cuidado e intuición cada palabra, cada adjetivo o metáfora que tensa el poema.
Como señala José Luis Gómez Toré en el prólogo, los poemas "son un ejercicio de mirada", pues se trata de un “mirada bifronte, abierta a la vez al mundo y a la velada intimidad de un corazón intramuros”. Es una mirada de horizontes amplios a la par que milimétrica en esa forma de recoger destellos, de captar la luz que “arde en la pupila de un perro”. El yo se funde con lo que mira y es creado de nuevo para transmitir al lector ese extrañamiento desde donde contempla el mundo, que tiene algo de trance místico. De hecho, hay una gran influencia del sufismo en El imperfecto cielo concedido, y la cadencia de los poemas se asemeja a la plegaria y al giro derviche. Palabras que rotan reconcentradas sobre sí mismas para trascender y arrancar al tiempo instantes, epifanías encarnadas en versos de plenitud. El poemario comienza con una referencia a un “laminar oscurecido donde llora el sufí” y va tomando conciencia del punto de vista: “Inmune el ojo experto mirando/ en el museo /de belleza la lágrima.” Hay una reiteración del símbolo de la lágrima como emoción detenida y sublimación del dolor a través de la palabra. Y nos remite también al Taj Mahal, esa “lágrima de mármol detenida en la mejilla del tiempo”.
Los espacios donde transcurren los poemas están íntimamente ligados al estilo y a la poética de Marta Fuentes. Encontramos una interesante analogía con la pintura y especialmente con arquitectura. La alegoría del “hortus conclusus” tan presente en la pintura del Gótico internacional, queda plasmada en algunos poemas. Es la imagen del jardín como espacio-tiempo cercado, pequeño Edén en plena floración, negación del mundo y al mismo tiempo manifestación secreta del microcosmos del yo. Así, la voz lírica se va adentrando por jardines islámicos, mezquitas, fuertes, mausoleos. Al igual que el estilo arquitectónico mogol, algo distintivo del islámico y que floreció en la India en el siglo XVI, es elegante y geométrica, traza simetrías y se refugia en esos espacios confinados, respirando por “la sutura de jardines” donde fluye el agua. Busca la ojiva, el ábside, “las oquedades lamidas por la lluvia”, el relieve, la curva y el alto alminar, cimentándose en un equilibrio armonioso y contenido, a modo de gran mosaico. Hay parnasianismo y, sobre todo, barroquismo en el gusto por estos espacios, en las texturas de filigranas sutiles, mármol, arenisca, piedras semipreciosas (muy recurrentes en los poemas y próximas también a la alquimia), así como en el estilo, donde el hipérbaton, el endecasílabo de ritmo solemne y el encabalgamiento juegan un papel primordial: “el relieve persista en su textura,/vele la madreperla el terciopelo,/ que vuelvan a su calma las olas de basalto(…)”
Todo va cobrando un tono elegiaco, de lenta despedida de ciudades que la poeta ha ido haciendo suyas: Estambul son los tonos añiles, el agua turmalina en la que “se ulcera el dolor”. Es la ceremonia, la intemperie cóncava donde caben la certidumbre y todos los recuerdos. Delhi tiene tonos rojizos, representa una jungla monzónica invocada entre “el barro y la fiebre”. El yo es partícipe y actante en esta realidad cruel, inquietante, donde acecha la “sombra oscura del cuarzo”; se ve envuelto en esa sinergia de precipicios. El poemario acaba en un laberinto: la medina de Fez, que se alza intramuros. Sin duda, un lugar enigmático donde se cumplen las profecías y se cierra la errancia para recomenzar de nuevo entre jardines andalusíes con azulejos “desteñidos por el óxido jade de la sombra”. La luz inmola una realidad que ya desde el inicio “se sabe coral y fósil”, aunque la escritura siempre acaba saliendo a flote, buscando la invención o reinvención de lo Real.
Hay un trasfondo de filosofía hinduista en estos poemas y está muy presente el concepto de maya, la deidad principal que manifiesta la "ilusión" y el sueño de la dualidad en el universo de los fenómenos. “Solo la sístole de palomas es real” en medio del estupor que nos produce el mundo. Los versos de Marta Fuentes, además de remitir a un tiempo tácito, sutil, el tiempo del silencio contemplativo que precede al poema, trasmiten una atmósfera espectral donde los jardines se agitan y en los fantasmales mausoleos descansan, aletargadas, las aves. Pero es también un tiempo de epopeya en el que se agita la vegetación, “los pájaros visitadores” y cruza el cielo “un séquito de cometas” que son el símbolo de las ciudades indias (una vez más el vuelo).
 Por otro lado, encontramos en El imperfecto cielo concedido rasgos de la poesía épica, enmarcados en los espacios monumentales. La evocación del esplendor pasado de los imperios, de los triunfos inmortalizados en las construcciones, enlazan también con la mitología, como estos versos que dedica la autora a Yerebatán, en la sección de Constantinopla: “Yerebatan, culminan tus hazañas/ en tierra sumergida en agua dulce; ojos petrificados de Medusa/ bajo la onda de acuática memoria/ que evoca el mar de Andrómaca y Perseo”. Estamos ante un mundo ilusorio, transido de una nostalgia que duele, como duelen "en lenta sincronía las ciudades”. Un mundo alejado de la postal o la estampa exótica fácil. Hay detrás un largo proceso de interiorización de Oriente, paisajes que se hacen mentales a base de contemplarlos e incorporarlos al pensamiento. La voz lírica alcanza un estado prepoético en el que nombrar las cosas conduce a la iluminación. La Belleza nos salva, brindando al poeta la serena aceptación de la soledad, creando una conciencia a través de lo estético. Y belleza en estado puro son estos poemas minimalistas, editados con esmero y plasticidad por Polibea en la colección El Levitador. Una pequeña joya de la poesía española contemporánea de una autora que tiene mucho que decir. No se la pierdan.
                                                    
(Publicada en el nº 20 de Nayagua. Junio 2014)


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