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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Dos poemas de Kate Gale


Os dejo dos poemas de la autora norteamericana Kate Gale, que traduje para el último número de la revista "Piedra de molino"


THE HOUSE THAT JACK BUILT

We built a house of glass in the woods; the rain came in.
The rain came in through the skylight, the open windows.

We sealed the house; water seeped under the foundation.
We built canoes to navigate the stream from kitchen to bedroom.

All the bookshelves were up high. The cement floor wore away to gravel.
We lived in a stream bed in a glass house until the sun came out.

It became hot, humid; orchids filled the place, their tendrils of longing everywhere. Visitors said our house was unnatural, but it seemed perfectly natural to us.
The children tumbled amid orchids in summer, paddled streams in winter. Electricity not possible, but we didn’t want it. Electricity would have forced us out of the glass house.
We’re still here in the glass and mud, the unbalanced checkbooks, the poems and silence.
We hear water, breath, the house letting in light.



LA CASA QUE CONSTRUYÓ JACK

Construimos una casa de cristal en los bosques; entraba la lluvia.
Entraba la lluvia por la claraboya abierta de par en par.

Impermeabilizamos la casa; el agua se filtraba bajo los cimientos.
Construimos canoas para navegar por el arroyo desde la cocina al dormitorio.

Todas las estanterías estaban altas. El suelo de cemento se desgastó hasta hacerse grava.
Vivimos en el lecho de un arroyo hasta que salió el sol.

Se hizo calurosa, húmeda; las orquídeas llenaron el lugar, sus zarcillos de anhelo por todas partes. 
Las visitas decían que nuestra casa no era normal, pero a nosotros nos parecía perfectamente normal.

Los niños se tropezaban con orquídeas en verano, chapoteaban en arroyos durante el invierno. La electricidad no era posible, pero no la queríamos. La electricidad nos hubiera forzado a salir de la casa de cristal.

Aún estamos aquí en el cristal y el barro, los talonarios de cheques inestables, poemas y silencio.
Oímos agua, respiración, la casa dejando pasar la luz.



LOU ANDREAS SALOMÉ

She loved Rainer Maria Rilke, fifteen years her junior.
Taught him Russian love. Asked his skin what it wanted,
held him until he wanted her for his wife, then left.
Lou Andreas Salome, lover of three geniuses.

They wanted her as muse, as bedfellow bridge
to the future, all three of them: Freud, Nietzsche, Rilke.
Her name was Lou when Freud knew her,
when Nietzsche kissed her lips til his sister forbade it.

Rilke’s marriage to Klara lasted a year; Ruth born.
The rest of his life was affairs, writing of alienation, loneliness
in castles throughout Europe. Dying, he called for Lou,
lying in twilight in the Valmont Sanitarium in Switzerland of leukemia.

As the day disappeared, he was sure he could see her.
Emerging into the bedroom. Her hair, smell, ready thighs.
There to hold him against loneliness. Himself rising naked to greet her.
And she- kindness against the sheets, a kiss against darkness.


LOU ANDREAS SALOMÉ

Amó a Rainer María Rilke, quince años más joven que ella.
Le enseñó el amor ruso. Preguntó a su piel lo que quería,
lo mantuvo hasta que él la quiso por esposa, después partió.
Lou Andreas Salomé, amante de tres genios.

La querían como musa, como compañera de cama y puente
al futuro, los tres: Freud, Nietzsche, Rilke.
Su nombre era Lou cuando Freud la conoció,
cuando Nietzsche besó sus labios hasta que su hermana se lo prohibió.

El matrimonio de Rilke con Klara duró un año; nació Ruth.
El resto de su vida fueron amoríos, escribir sobre la alienación, soledad
en castillos por toda Europa. En su lecho de muerte, llamó a Lou,
tendido en el crepúsculo del Sanatorio Valmont de leucemia en Suiza.

A medida que caía el día, estaba seguro de que podría verla.
Apareciendo en la habitación. Su pelo, su aroma, sus muslos preparados.
Allí para sujetarlo contra la soledad. Él mismo levantándose desnudo para saludarla.
Y ella: bondad contra las sábanas, un beso contra la oscuridad.

           
                                                                                   © Kate Gale
                                                                                  © Traducción: Verónica Aranda



KATE GALE (Binghamton, Nueva York, 1965). Es la jefa de redacción de la editorial Red Hen Press y la editora de Los Ángeles Review. Tiene publicados seis poemarios, una novela, Lake of fire, y varios libretos de ópera, algunas de las cuales fueron estrenadas en el New York City Opera VOX. Entre 2005 y 2006 fue presidenta del Pen American Center. Es profesora en la Univerdad de Omaha y en el programa de escritura creativa de la Universidad de San Diego.  

Los poemas de Kate Gale que presentamos a continuación pertenecen al libro The Goldilocks zone (University of New Mexico Press, 2014) y son bastante representativos de su poética. Escenas cotidianas que adquieren dimensiones de fábula, espacios habitados como la casa de cristal que se hacen míticos y se transforman, pequeños retratos de personajes históricos desde su lado más humano y frágil. El lenguaje en aparencia sencillo de la autora, entre narrativo y lírico, tiene un ritmo propio y un gran dominio de la sintaxis y las elipsis.



 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Ray Bradbury, Vivo en lo invisible



Reseña: RAY BRADBURY, Vivo en lo invisible. Nuevos poemas escogidos. Traducción de Ariadna G. García y Ruth Guajardo (Salto de página, Madrid, 2013)

                                                                                 
Es la primera vez que se publica en España un libro de poemas del recientemente fallecido Ray Bradbury. Este escritor autodidacta nacido en 1920, maestro de la ciencia ficción y de la fantasía con obras imprescindibles como Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, cultivó también la poesía durante toda su vida.
Vivo en lo invisible (Páginas de espuma, 2013) recopila poemas escritos entre 1953 y 2002, que ofrecen un mosaico representativo del concepto estético y filosófico del autor de Illinois y sus máximas a la hora de crear: “Mezclar la diversidad de verdades, lo ininteligible y lo luminoso.” Sin duda, una poética que quiere abarcar el universo, descifrando sus pequeños enigmas. Muchos poemas del libro ahondan en la metapoesía, y ese ansia de conocimiento, de anotar cada instante vivido hacen de Bradbury un poeta que escribe con avidez existencial, como forma de salvación: “Mi única tarea es apuntarlo todo/ antes de que esas malditas cosas me ahoguen de alegría/ o me metan en una caja para esa larga noche que no tiene final.” Todo ello impregna su poética de cierto realismo épico.
Una de las características de la poesía norteamericana que también percibimos en Ray Bradbury es el considerar el universo entero como una extensión del individuo, hasta donde puede alcanzar su pensamiento. Desde la quietud de lo contemplativo, el poeta puede trasladarse a planetas distantes sin perder el sentido de pertenencia a ese fragmento de universo, percibiéndolo también sensorialmente.
A medida que nos vamos adentrando en el poemario, nos sorprende la variedad temática del autor americano, cuyo punto de partida es lo doméstico, sirviéndose de metáforas muy visuales-poemas dedicados a su mujer Maggie y a sus hijos, un recuerdo a su padre, el tedio de un domingo en Dublín o la ducha como lugar idílico para llorar-debatiéndose muchas veces entre la introspección y lo colectivo, sin eludir el compromiso social. Asimismo, abundan los poemas con referencias culturales sobre el arte, la ciencia o los diálogos con obras literarias, como los que dedica a Shakespeare, Melville y H.G Wells, sus escritores de cabecera. Pero sus grandes temas serán la identidad, Dios (en forma de panteísmo), el paso del tiempo, el deseo de permanencia y la madurez, en los que convergen diferentes tiempos y espacios, algo característico de la faceta lúcida de Ray Bradbury, llena de juegos y desplazamientos. A través de un humor ácido, plasma en algunos textos la mortalidad inevitable del ser humano: “Ojalá hubiésemos sido más altos/ y hubiésemos tocado el puño de la camisa de Dios, su dobladillo,/ no tendríamos que dormir y partir/ con los que ya se fueron."
Mención aparte merece la métrica y rima de los poemas, sobre las que el autor norteamericano ejerció un gran dominio, desde el verso libre hasta el alejandrino consonántico, creando un estilo a veces descuidado, otras hermético o surrealista, fruto de esa escritura enfebrecida, entre la memoria y el subconsciente. Leer los textos en voz alta es un ejercicio de pura musicalidad. Con buen criterio, las traductoras del libro, Ariadna G. García y Ruth Guajardo, han optado por prescindir de la métrica Bradburiana en la traducción, salvo algunos endecasílabos y heptasílabos en determinados pasajes, logrando una versión en castellano muy fluida; tarea nada fácil. Los lectores de la prosa de Bradbury o los que se acerquen a su obra por primera vez, tendrán entre sus manos a un autor que “en cada verso aletea vida”, como mencionan las traductoras en el ilustrativo prólogo; a un poeta que no bajó nunca la guardia, porque “uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo aniquile”.

                                                                                                          Verónica Aranda
Un poema del libro:
Poema escrito al saber que Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día


El gran Shakespeare ha desaparecido, Cervantes se ha marchado.
El sol se oculta al mediodía. La aurora
se niega a clarear. El tiempo contiene la respiración
ante esta coincidencia mortal.
¿Es posible? Así es,
estos dioses gemelos se dirigen a la oscuridad.
¡Los dos el mismo día! Nada puede impedir la recogida
de su cosecha.
Cada uno en su campo, tanto brillaban
que con su resplandor ahuyentaban la noche.
Pero la noche vuelve a por sus deudas.
¿Un chorro fantasmagórico? ¡No! Arponea dos.
Sin el primero, el mundo desfallece.
Sin el segundo, pierde el equilibrio.
Dos ataques simultáneos de cometas.
Para empezar, en España, después en la mejilla de Inglaterra.
El orbe gira mudo de temor y de angustia.
La Antártida se derrite en lágrimas,
y los espectros de los Césares resurgen, cobran vida,
sangrando por sus ojos Amazonas.
Ha acabado una época. Pero debemos
seguir siendo testigos de este día
en que un Dios ignorante nos ha dejado solos
acabando con Will y con su clon hispano.
Quién se atreverá a valorar sus plumas.
No veremos otra vez a semejantes gemelos.
¿Se ha diluido Shakespeare, falleció Cervantes?
Los caminos divinos son sangrantes.
Se ha extinguido la luz, no queda barro.
Dos titanes perdidos en un día, destruidos
por el certero golpe de la muerte.
Cristo abre sus heridas. Dios suspende su aliento.
Y nosotros nos tambaleamos por esta doble caída.
Nos sobrecoge la inmensidad del día
como si un tribunal de soberanos,
de los emperadores a los reyes,
un desfile de rica realeza
se ahogara en la obscenidad del tiempo.
Quién ordenó que dos gigantes mueran.
Un ojo primero seguido del otro.
Dios cerró un gran sueño, después el más grande.
¿No tenía suficiente con uno? Parece que no.
Ese vacío estaría medio lleno, si solo Shakespeare
se hubiese arrodillado ante el revólver de la puesta de sol.
Pero con lamentos primero y risas después,
Dios cogió y rellenó la segunda mitad.
Cervantes atravesó el umbral
hasta el corazón rebosante del Cometa.
Dios arrojó a los dos, estrellas geminadas cuyo fuego
alumbró ballenas y hermosas criaturas de alquiler
a quienes suplicamos, muchos años después, que nos conduzcan
a donde la pareja Cervantes y Shakespeare oculta
¿su caída? Ecos amortiguados en Escena,
y aún rumiamos nuestra indignación
por dónde está el sentido en todo esto,
perdimos las dos manos, la derecha y la izquierda,
las dos juntas aplaudían
a Dios y a la Causa Primera Universal.
¿Pero Cervantes y el Bardo, cubiertos de frío,
son dos sueños salvajes en un molde de tierra?
Que todos los ecos fluyan en mareas
adonde los cometas son sus prometidas en flor,
y Cervantes y el obsceno Will
combaten arduamente los molinos por nuestras esperanzas
y nos despiertan en mitad de la pesadilla
para que gritemos: ¿Quijote, Hamlet, muertos?
¿En el mismo día? ¡Largo, fuera de aquí!
No admito tales funerales.
Rechazo sus tumbas, sus lápidas.
Prestadme sus libros, mostradme a su Musa.
Hacia el final del día, o como tarde, de la semana
conseguiré que Cervantes/Shakespeare hablen
hasta que mi corazón rebose, mi cabeza se llene
¿de qué? Buen Don Quijote. Estupendo Lear. No estáis muertos. ¡Que no!