miércoles, 25 de septiembre de 2013

Ray Bradbury, Vivo en lo invisible



Reseña: RAY BRADBURY, Vivo en lo invisible. Nuevos poemas escogidos. Traducción de Ariadna G. García y Ruth Guajardo (Salto de página, Madrid, 2013)

                                                                                 
Es la primera vez que se publica en España un libro de poemas del recientemente fallecido Ray Bradbury. Este escritor autodidacta nacido en 1920, maestro de la ciencia ficción y de la fantasía con obras imprescindibles como Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, cultivó también la poesía durante toda su vida.
Vivo en lo invisible (Páginas de espuma, 2013) recopila poemas escritos entre 1953 y 2002, que ofrecen un mosaico representativo del concepto estético y filosófico del autor de Illinois y sus máximas a la hora de crear: “Mezclar la diversidad de verdades, lo ininteligible y lo luminoso.” Sin duda, una poética que quiere abarcar el universo, descifrando sus pequeños enigmas. Muchos poemas del libro ahondan en la metapoesía, y ese ansia de conocimiento, de anotar cada instante vivido hacen de Bradbury un poeta que escribe con avidez existencial, como forma de salvación: “Mi única tarea es apuntarlo todo/ antes de que esas malditas cosas me ahoguen de alegría/ o me metan en una caja para esa larga noche que no tiene final.” Todo ello impregna su poética de cierto realismo épico.
Una de las características de la poesía norteamericana que también percibimos en Ray Bradbury es el considerar el universo entero como una extensión del individuo, hasta donde puede alcanzar su pensamiento. Desde la quietud de lo contemplativo, el poeta puede trasladarse a planetas distantes sin perder el sentido de pertenencia a ese fragmento de universo, percibiéndolo también sensorialmente.
A medida que nos vamos adentrando en el poemario, nos sorprende la variedad temática del autor americano, cuyo punto de partida es lo doméstico, sirviéndose de metáforas muy visuales-poemas dedicados a su mujer Maggie y a sus hijos, un recuerdo a su padre, el tedio de un domingo en Dublín o la ducha como lugar idílico para llorar-debatiéndose muchas veces entre la introspección y lo colectivo, sin eludir el compromiso social. Asimismo, abundan los poemas con referencias culturales sobre el arte, la ciencia o los diálogos con obras literarias, como los que dedica a Shakespeare, Melville y H.G Wells, sus escritores de cabecera. Pero sus grandes temas serán la identidad, Dios (en forma de panteísmo), el paso del tiempo, el deseo de permanencia y la madurez, en los que convergen diferentes tiempos y espacios, algo característico de la faceta lúcida de Ray Bradbury, llena de juegos y desplazamientos. A través de un humor ácido, plasma en algunos textos la mortalidad inevitable del ser humano: “Ojalá hubiésemos sido más altos/ y hubiésemos tocado el puño de la camisa de Dios, su dobladillo,/ no tendríamos que dormir y partir/ con los que ya se fueron."
Mención aparte merece la métrica y rima de los poemas, sobre las que el autor norteamericano ejerció un gran dominio, desde el verso libre hasta el alejandrino consonántico, creando un estilo a veces descuidado, otras hermético o surrealista, fruto de esa escritura enfebrecida, entre la memoria y el subconsciente. Leer los textos en voz alta es un ejercicio de pura musicalidad. Con buen criterio, las traductoras del libro, Ariadna G. García y Ruth Guajardo, han optado por prescindir de la métrica Bradburiana en la traducción, salvo algunos endecasílabos y heptasílabos en determinados pasajes, logrando una versión en castellano muy fluida; tarea nada fácil. Los lectores de la prosa de Bradbury o los que se acerquen a su obra por primera vez, tendrán entre sus manos a un autor que “en cada verso aletea vida”, como mencionan las traductoras en el ilustrativo prólogo; a un poeta que no bajó nunca la guardia, porque “uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo aniquile”.

                                                                                                          Verónica Aranda
Un poema del libro:
Poema escrito al saber que Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día


El gran Shakespeare ha desaparecido, Cervantes se ha marchado.
El sol se oculta al mediodía. La aurora
se niega a clarear. El tiempo contiene la respiración
ante esta coincidencia mortal.
¿Es posible? Así es,
estos dioses gemelos se dirigen a la oscuridad.
¡Los dos el mismo día! Nada puede impedir la recogida
de su cosecha.
Cada uno en su campo, tanto brillaban
que con su resplandor ahuyentaban la noche.
Pero la noche vuelve a por sus deudas.
¿Un chorro fantasmagórico? ¡No! Arponea dos.
Sin el primero, el mundo desfallece.
Sin el segundo, pierde el equilibrio.
Dos ataques simultáneos de cometas.
Para empezar, en España, después en la mejilla de Inglaterra.
El orbe gira mudo de temor y de angustia.
La Antártida se derrite en lágrimas,
y los espectros de los Césares resurgen, cobran vida,
sangrando por sus ojos Amazonas.
Ha acabado una época. Pero debemos
seguir siendo testigos de este día
en que un Dios ignorante nos ha dejado solos
acabando con Will y con su clon hispano.
Quién se atreverá a valorar sus plumas.
No veremos otra vez a semejantes gemelos.
¿Se ha diluido Shakespeare, falleció Cervantes?
Los caminos divinos son sangrantes.
Se ha extinguido la luz, no queda barro.
Dos titanes perdidos en un día, destruidos
por el certero golpe de la muerte.
Cristo abre sus heridas. Dios suspende su aliento.
Y nosotros nos tambaleamos por esta doble caída.
Nos sobrecoge la inmensidad del día
como si un tribunal de soberanos,
de los emperadores a los reyes,
un desfile de rica realeza
se ahogara en la obscenidad del tiempo.
Quién ordenó que dos gigantes mueran.
Un ojo primero seguido del otro.
Dios cerró un gran sueño, después el más grande.
¿No tenía suficiente con uno? Parece que no.
Ese vacío estaría medio lleno, si solo Shakespeare
se hubiese arrodillado ante el revólver de la puesta de sol.
Pero con lamentos primero y risas después,
Dios cogió y rellenó la segunda mitad.
Cervantes atravesó el umbral
hasta el corazón rebosante del Cometa.
Dios arrojó a los dos, estrellas geminadas cuyo fuego
alumbró ballenas y hermosas criaturas de alquiler
a quienes suplicamos, muchos años después, que nos conduzcan
a donde la pareja Cervantes y Shakespeare oculta
¿su caída? Ecos amortiguados en Escena,
y aún rumiamos nuestra indignación
por dónde está el sentido en todo esto,
perdimos las dos manos, la derecha y la izquierda,
las dos juntas aplaudían
a Dios y a la Causa Primera Universal.
¿Pero Cervantes y el Bardo, cubiertos de frío,
son dos sueños salvajes en un molde de tierra?
Que todos los ecos fluyan en mareas
adonde los cometas son sus prometidas en flor,
y Cervantes y el obsceno Will
combaten arduamente los molinos por nuestras esperanzas
y nos despiertan en mitad de la pesadilla
para que gritemos: ¿Quijote, Hamlet, muertos?
¿En el mismo día? ¡Largo, fuera de aquí!
No admito tales funerales.
Rechazo sus tumbas, sus lápidas.
Prestadme sus libros, mostradme a su Musa.
Hacia el final del día, o como tarde, de la semana
conseguiré que Cervantes/Shakespeare hablen
hasta que mi corazón rebose, mi cabeza se llene
¿de qué? Buen Don Quijote. Estupendo Lear. No estáis muertos. ¡Que no!



2 comentarios:

  1. Me encanta! Quisiera poder leer más poesía de Bradbury

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  2. Gracias! A Parte de este magnífico poemario, también salió la Poesía Completa de Bradbury en Cátedra, en 2013. Un saludo

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