martes, 24 de diciembre de 2019

Reseña de "Tacha" de Francisco Martínez Morán en la Revista Paraíso



RESEÑA DE TACHA, DE FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN
(Editorial Renacimiento, Sevilla, 2018)

     La de Francisco Martínez Morán es una poesía limpia y precisa, vertebrada en la concisión. Al igual que en sus libros anteriores, Tras la puerta tapiada y Obligación, el autor cincela cada poema hasta alcanzar una elegancia formal y una musicalidad sublimes, combinando heptasílabos y endecasílabos, abrochados con finales contundentes.
     Llama la atención el título de su nueva entrega, Tacha. Para la RAE, tacha es “nota o defecto que se halla en una cosa y la hace imperfecta.” Tacha podría referirse asimismo a tachadura, borrón; podría remitirnos a una retórica que se despliega a través del hueco, del esbozo de poema, de anotaciones acumuladas con el paso de los meses que son correcciones sin fin en un “borrador plagado de tachones”. Así, nos encontramos ante una poesía de lo cotidiano que se construye a través de materiales humildes. El hilo conductor del libro es la metapoesía. Hay una reflexión constante sobre la creación y el autor se ve a sí mismo como un amanuense o un observador que “emborrona palimpsestos”. No hay una búsqueda de la totalidad, porque el lenguaje siempre se queda anquilosado y el poema se reduce a “fragmento que nunca formó parte de un todo comprensible.” Esta idea de lo incompleto se acerca al budismo zen, que halla armonía y belleza en la imperfección, en “la nostalgia de lo roto”.  
     Francisco José construye el poema sirviéndose de un lenguaje aparentemente sencillo y de una gramática sucinta, que emplea un “tiempo en llaga”, porque todo conduce a la pérdida o al páramo de una quietud aplastaste. Entre el estoicismo y el nihilismo, el autor duda una y otra vez de la eficacia de la palabra, empleando símbolos recurrentes como hielo, nieve, polvo, tinta, huesos, que gravitan dentro del campo semántico de la desgana y el desencanto.
     Una de los puntos fuertes del poemario, que atrapa la atención del lector, es la intertextualidad. El poeta madrileño hace guiños, dialoga con los clásicos, glosa a poetas como Garcilaso y Claudio Rodríguez, y ejecuta hábiles juegos retóricos al estilo Lope de Vega, pero siempre con sello propio. De ahí que los títulos cobren también importancia en ese juego intertextual cuya hilatura pide un lector atento, que tenga presente la tradición hispánica que Morán nos devuelve deconstruída.  
  El autor bebe de la tradición medieval de los códigos de caballería y de los cancioneros renacentistas, llevándolos hábilmente y con sabiduría al terreno actual, el del sujeto posmoderno urbano, que está solo, terriblemente solo e incomunicado, a pesar de la hiperconexión. De hecho, el tema central del poemario es el pesimismo existencial, que retoma la visión negativa del mundo que se tenía en la Edad Media y se impregna del pesimismo del Barroco. Al igual que Jorge Manrique, el poeta madrileño reitera que cualquier tiempo pasado fue mejor, y aquí entra la infancia, un subtema constante en su obra, junto al de la fugacidad del deseo:

Eran los buenos tiempos
los que no necesitan descripción.

    Por otro lado, la vida se reduce muchas veces al paso inexorable de los días, deja solo desengaño y vacío:

Por las grietas se filtra
la terca vacuidad de los minutos.

     Perdida la fe en la literatura, solo queda asumir, en compañía de los clásicos, lo estéril del ejercicio de escribir. Martínez Morán demuestra una vez más su amplio bagaje cultural y su dominio absoluto de la poesía breve y, en cierta medida, épica. Sin duda, un poeta sin imposturas al que hay que seguir.

                                                          
                                                                                                    Verónica Aranda

(Publicada en el nº 15 de la Revista Paraíso, Diputación de Jaén, 2019)

viernes, 15 de noviembre de 2019

Reseña de "Llamarse nadie" de José Luis Gómez Toré

(Llamarse nadie, José Luis Gómez Toré, editorial Polibea, Madrid, 2019)


LLAMARSE NADIE: Poética de la luz y la plasticidad

                                                                                                              

     José Luis Gómez Toré es una de las voces más sólidas y genuinas de la poesía española contemporánea. Títulos como He heredado la noche (accésit del premio Adonáis 2003), Fragmentos de un cantar de gesta, Un corte que no sangra y Hotel Europa, lo confirman. Además, hay que destacar su importante labor como crítico literario, traductor, dramaturgo y ensayista.
     Llamarse nadie (Polibea, 2019), una antología preparada por el poeta y crítico Óscar Curieses, hace un recorrido por la obra poética de Gómez Toré, que celebra veinte años de creación. La clasificación me parece de lo más acertada, pues no opta por el clásico orden cronológico o temático, si no que el hilo conductor y brújula es el color blanco. Secciones como blanco zinc, blanco lunar, blanco claroscuro, despliegan algunos de los ricos trazos cromáticos y leitmotivs, que revelan la importancia de la luz y de la plasticidad en la poética de J.L, como una forma de contemplar el mundo y de diálogo con la transparencia y con la filosofía zambraniana de Los claros del bosque). Su lírica es indisociable de la filosofía y heredera del simbolismo y del culturalismo alemán.
El blanco, por otro lado, es intervalo, en palabras del autor, “la escritura del poema es una especie de acercamiento, una suerte de cerco a un territorio blanco, un espacio que es y no es el de la vida”
     Además, el hecho de mezclar poemas de distintas épocas hace que sea un libro nuevo. Como señala Curieses, al cambiar de lugar, los poemas alcanzan un significado diferente y una interesante intertextualidad. Por lo que el montaje de una antología tiene similitudes con el montaje y edición del cine y propicia que los textos dialoguen entre sí.  
    En la poesía de José Luis Gómez Toré, convergen Oriente y Occidente, con la apoyatura de símbolos primordiales como la nieve y el pájaro. Para el autor la palabra poética es también una forma de meditación, de contemplar activamente la naturaleza y tener conciencia plena del instante, algo que la acerca al haiku, así como la captación de los pequeños detalles de lo cotidiano que trascienden el espacio sentimental, cobrando un tono elegíaco, donde el claroscuro no es ajeno a lo trágico, y al cauce del legado cultural y de la memoria histórica.
    Estamos ante una poética de trazo delicado y elegante, que practica el despojamiento, aunque que no está exenta de una línea de conciencia crítica, sin ser estrictamente social. Más bien su nomadismo, tiene el don del vuelo y de la mirada empática que construye cartografías colectivas.

                                                                         © Verónica Aranda

Os dejo dos poemas de la antología:

El territorio blanco
Nieve,
no pureza.
Un lugar más doloroso,
aún más extraño que la vida.
Si ello fuera posible.
 

Helado de chocolate
Helado de chocolate
para honrar a los muertos.
La luz casi violenta de la tarde
pesa sobre los hombros,
perturba con su olor
el olvido que empieza.
 
Ella comulga
muy despacio un sabor.
La muerte nada sabe del frío.
Nunca fue tan intenso,
tan lejano,
el olor de las lilas. 

     © José Luis Gómez Toré



martes, 15 de octubre de 2019

Reseña de "Río Mekong. 31 haikus" por Gregorio Muelas Bermúdez


Río Mekong. Haikus, Verónica Aranda (Cartonera Island, colección 31, Tenerife, 2018)

Puedes descargar el libro en el siguiente enlace y hace tu propia edición cartonera:
https://cartoneraisland.files.wordpress.com/2018/12/R%C3%8DO-MEKONG-cartonero.pdf

Verónica Aranda publica su nuevo cuaderno de haikus, Río Mekong, en la Colección 31 de Cartonera Island, una exquisita edición limitada a treinta y un ejemplares donde todas las cubiertas han sido cortadas, pintadas y encuadernadas a mano. Los treinta y un haikus que integran este breve volumen vienen precedidos por un bellísimo sumi-e de Manes Sánchez que ilustra un tramo del caudaloso río que fluye a través de seis países, China, Birmania, Laos, Tailandia, Camboya y Vietnam, hasta desembocar en el mar de la China Meridional.

La poeta madrileña es una amante de la estrofa japonesa y como ya hizo en anteriores entregas, Senda de sauces. 99 haikus (Amargord, 2011) y Lluvias continuas. Ciento un haikus (Polibea, 2014), nos vuelve a deleitar con su delicada escritura, con su sensibilidad, siguiendo el curso del “río de los nueve dragones” desde el comienzo del año:

Sol abrasante.
El músico ciego
susurra ¡feliz año!

Verónica Aranda emprende un viaje iniciático por el caudaloso río donde es testigo del clima cambiante (calor, lluvia, monzón) que caracteriza a esta región del Sureste asiático, y de las sencillas costumbres de sus humildes gentes, pescadores de ostras, antiguos combatientes, vendedoras ancianas, monjes budistas, saltimbanquis. La poeta consigue plasmar los aromas, los colores y el ritmo de vida pausado que dicta el fluido continuo de uno de los ríos más largos del mundo.

Bajo los farolillos
de colores
asan serpientes

En cuanto a la forma, Verónica Aranda se desprende del rígido corsé del “canon occidental” (5-7-5) y opta por una forma oriental, con moras de cuatro a diez sílabas que le permiten captar la salvaje naturaleza de un río rebosante de vida, donde peces (carpas, truchas), flores (lirios, lotos, nenúfares) y barqueros coexisten en armonía.

Los haikus de Verónica Aranda están impregnados del dulce olor de piñas, lichis y mandarinas, de serena espiritualidad, de fuertes contrastes, de aware:

Mediodía.
En pleno arrozal,
unas tumbas.

En conclusión, Verónica Aranda nos ofrece un dibujo realista, vivaz, treinta y un destellos de un mundo flotante.

 Gregorio Muelas Bermúdez
 
 
 
Reseña publicada en el nº 43 de la Gaceta Internacional de Haiku Hojas en la acera