lunes, 19 de diciembre de 2016

Reseña de "Épica de raíles" por Rafael Morales



Verónica Aranda, Épica de raíles (Premio Internacional de poesía Miguel Hernández, 2016), Devenir, Madrid, 2016


                                                                          

                                              Rafael Morales Barba                                                                             

Barajando una sucesión de estampas, con epicentro en el deseo hecho cuaderno de viaje, perfumado de paisajes exóticos, construye Verónica Aranda el eje de un libro de amores anónimos y búsqueda personal, juvenil y madura, fresca. Un intenso erotismo acendrado lo habita en su fulgor delicado y descubrimiento.   Épica de raíles es desde ahí una indagación o aventura de vivir y arriesgarse (escribió Claudio Rodríguez), hecha lírica y autoconocimiento en verso libre: “Vine también a sondear mis límites”, aprendizaje y sabiduría contra la perplejidad en su entrega. Una épica íntima y viajera, des/implicada y atenta (pulcra en la mirada sobre el aterimiento), interior, sensorial y experiencial, hecha delicadeza e intimismo, velocidad y trashumancia como resistencia. Luis Muñoz habló de ello con otro tono, y así llegan estos versos diferentes, libres y claros, ajenos al molde del realismo español de los 90, en su compartida y distinta claridad. Verónica Aranda habla desde ahí de la patria-exilio, del oikós o lugar del amor y deseo, identidad, ausencia o búsqueda a través de la piel. Lo residual es el paisanaje, individuos situados en los márgenes, excéntricos, pobres sin ámbito, amor que precisa. Y si bien esa otra mirada sobre lo marginal es atenta en su delicadeza, implicada y reflexiva ocasionalmente (la Zenobia Camprubí, reivindicada en su papel moderno y pérdida). Si se asoma con exquisita sensibilidad (mendigos, ancianos, lenguas que desaparecen o el descubrimiento de la miseria), no dejan de ser un complemento de lo fundamental: eros en el viaje, la expectación atenta y desubicada, el deseo, la delicadeza circunspecta. Ese es el asunto real, por encima de gentes miserables y apartadas, miradas con dolor y amor, en escenarios exóticos, India, Cuba, Patagonia…o la atención sensitiva y nominal de las flores innominadas de su verso libre, creando una atmósfera de bambudales y azoteas lúgubres, o el salto previo a la madurez de la experiencia hecha canto tras esta primera sabia siega, a la  espera de otras incursiones. Los flamboyanes y los mitones de los pobres en su contraste, entre la luz y la precariedad de la presencia/ausencia si se prefiere, o esas tímidas y bellísimas astromelias fijan una sensibilidad o poesía que exige una lectura espaciada. Una luminosidad, intensidad lectora. Quizá demasiada en ese azar o vaivén a la espera de remansos, o de una espera sabia o serenidad o su contario, como parecen desear tras el fulgor sus versos, frente a la invitación, o esos “caballos sosegados”, a veces solitarios, conmovidos. Otras solitarios, transparentes, bajo los invernaderos “con techo de cristal”. Si limpia, nítida, pulcra, su poesía “encierra/una labor de duelo”, pues lo padece a veces, también o tanto como todavía su intensidad se balancea sensorial en esa canícula o su ausencia.

 (El Norte de Castilla)




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