martes, 15 de abril de 2014

Nómada




Os dejo un poema 100% nómada de Maria do Rosário Pedreira, una de las voces más genuinas de la poesía portuguesa contemporánea, vinculada a la generación lusa de los 80. De su poesía ha dicho el gran crítico literario Eduardo Prado Coelho, que “sabe tejer, a la manera de Penélope, una inmensa tela de gestos y referencias, objetos y frases, señales y afectos.”  

¡Buenas vacaciones!


                        Nómada,  Maria do Rosário Pedreira

Sentou-se no porto e abriu aos que o escutavam

o seu livro de viagens.

Conhecera as montanhas geladas do norte e atravessara de noite

brancas e densas florestas, acossado pelos ursos. Cruzara

cidades luminosas onde as mulheres tinham cabelos louros,

mas ninguém falava a sua língua; e deixara-se arrastar

pelos ventos até às praias quentes do sul onde ganhou

pele morena e olhos verdes. Depois

instalou-se provisoriamente nas ruínas de um continente velho

onde foi monge, amante, homem letrado, e ensinou às raparigas

de um claustro branco os rudimentos da leitura. E, por fim,

partiu para um dos derradeiros lugares do mundo,

onde o tomaram pelo último marinheiro e o perseguiram.

Perdera deus no seu caminho e voltara atrás.

Havia, enquanto recordava, uma pequena ferida na sua voz:

em nenhum lugar achara ainda o nome da sua casa.



                                                                       © Maria do Rosário Pedreira

                                                                       (Poesia completa, Quetzal, 2012)

                               

                               Nómada

Se sentó en el puerto y abrió para quienes lo escuchaban

su libro de viajes.

Había conocido las montañas heladas del norte y atravesado de noche

blancas y densas selvas, acosado por los osos. Había cruzado

ciudades luminosas donde las mujeres tenían el cabello rubio,

pero nadie hablaba su idioma; y se dejó arrastrar

por los vientos hasta las playas cálidas del sur donde adquirió

piel morena y ojos verdes. Después

se instaló provisionalmente en las ruinas de un viejo continente

donde fue monje, amante, hombre letrado, y enseñó a las niñas

de un claustro blanco los rudimentos de la lectura. Y, por fin,

partió hacia uno de los confines del mundo,

donde lo tomaron por el último marinero y lo persiguieron.

Había perdido a dios en su camino y volvió hacia atrás.

Por lo que recordaba, tenía una pequeña herida en la voz:

en ningún lugar había hallado aún el nombre de su casa.


                                                                      

                                                                      © Traducción: Verónica Aranda

                          (Publicado en el nº 6 de la Revista Aúrea, diciembre de 2013)




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