miércoles, 30 de octubre de 2013

El Tánger literario




Álvaro Valverde
De Tánger
Pocos ponen en duda que Tánger es una de las grandes ciudades literarias del mundo. No hace falta echar mano de la erudición ni tan siquiera de la memoria básica de cualquier lector para demostrarlo. Lo de Bowles, del que acaban de reunirse sus prosas viajeras, es, desde hace tiempo, un lugar común. La bibliografía sobre esa ciudad de las afueras de África, para decirlo con Morábito, es ingente. Por centrarnos en la poesía, acabo de leer dos libros que la tienen como protagonista. 
El primero, Café Hafa, de Verónica Aranda, fue Premio "Antonio Oliver Belmás", está publicado por Tres Fronteras Ediciones y lo leo gracias a la mediación del también poeta Mario Lourtau (y de su madre), buen conocedor del norte de África, donde trabaja. Aranda lo hizo en el Instituto Cervantes de Tánger y estos hermosos poemas reflejan su vida en la ciudad ("el viejo Tánger de los fugitivos"), a modo de diario. Son versos evocadores, cálidos y cercanos, que se adaptan muy bien al tono sereno del lugar que describen. Sus calles tortuosas, sus famosos cafés, sus zocos, sus cines... También viaja a ciudades próximas: Tetuán, Xauen, Fez... Y nos acerca, en el último tramo, "Al lil" (la noche), a la intimidad del amor. Cita Aranda, entre otros, a Haro Tecglen, para quien Tánger era, sobre todo, un estado de ánimo. Lo que, en mi modesta opinión, sigue siendo. Algo que vienen a demostrar libros como éste.
El segundo, más áspero y menos complaciente con ese enclave mítico, entre otras cosas porque en él hay una historia que el narrador necesita olvidar, se titula Fracaso de Tánger y es obra del corresponsal y periodista Alfonso Armada, que lo fecha en 1982. Está publicado, y de qué curiosa manera, por  Valparaíso Ediciones.
Al entregármelo, el librero se quejó. Ya había devuelto un ejemplar y éste también venía averiado. Pero no. Pronto caímos en la cuenta. Ni las cubiertas estaban al revés ni los poemas de las páginas pares se habían calcado, a modo de espejo de tinta, en las impares. Como explica Eduardo Jordá (autor de un libro sobre Tánger) en la contracubierta (que es también la cubierta) el libro "se puede leer en dos direcciones: de atrás hacia adelante, como leemos todos en Europa, pero también de adelante hacia atrás, como se lee en árabe". Un curioso alarde, sin duda. 
Por lo demás, lo que de verdad importa, un Tánger más tormentoso y oscuro se abre paso entre sus páginas, sin que por eso se pueda evitar que esa maldita o bendita ciudad, y quienes viven o sufren en ella, acabe encendiéndose en medio de la errática, laberíntica caminata. Brillan, como plazas luminosas, las sakkías, "especie de haikus magrebíes", según Jordá. 

Dos maneras distintas, pero genuinas, de ver la ciudad y dos modos de decirla muy diferentes confluyen en la multiplicidad caleidoscópica de Tánger. Una y muchas, como cualquiera. Eso sí, viajeros y fugitivos, hombres y mujeres en tránsito, se refieren a ella con una suerte de vocabulario, se diría, esencial, donde no faltan el té, las avispas, el viento, las callejas...
Uno que, hechizado, como tantos, por el extraordinario misterio tangerino (lo que saben bien quienes frecuentan este blog), también ha escrito su particular canción de Tánger, no puede por menos que leer estos versos con la emoción del cómplice. Como escribe Alfonso Armada: "Feliz quien olvida su destino". En Tánger, claro.

(Blog de Álvaro Valverde)
28/10/13

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