sábado, 18 de agosto de 2012

Verónica Aranda, "fugitiva de septiembre": El viaje o la vida



 
    VERÓNICA ARANDA, “FUGITIVA DE SEPTIEMBRE”:EL VIAJE O LA VIDA.

TATUAJE. VIII PREMIO DE POESIA JOVEN ·ANTONIO CARVAJAL”.HIPERIÓN,  2005.

CORTES DE LUZ, ACCÉSIT DEL PREMIO ADONÁIS 2009. EDICIONES RIALP, 2010.


                                                                                                     Manuel Quiroga


A veces quienes escriben versos viajan por el mundo y por la vida. Y luego hablan de todo ello. Ese es el caso de Verónica Aranda, poeta nacida en Madrid en 1982,  Licenciada en Filología Hispánica que ha viajado por y residido en Portugal, Bélgica, Italia, La India, Córdoba donde disfrutó de una Beca de Creación en la Fundación Antonio Gala, Tánger donde trabajó en el Área de Cultura del Instituto Cervantes o la calle de Velázquez en Madrid, en que tuvimos ocasión de conocerla con motivo de una lectura poética organizada por la también poeta y artista de la seda Dusica Dann en la Embajada de Serbia.

Verónica Aranda además de los libros que abren este comentario ha publicado otros intesantes poemarios, como “Poeta en India” (Premio Joaquín Benito de Lucas 2005/Editorial Melibea, Talavera de la Reina),  “Alfama” (Premio Internacional de Poesía “Margarita Hierro”/Centro de Poesía José Hierro, Getafe, 2009), “Postal de olvido” (Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid/El Gaviero Ediciones), además de sus colaboraciones en medios diversos, obtención de becas literarias y reconocimientos varios. Dos poemarios inéditos siguen dando fe de su trabajo: “Guardad los labios por si vuelvo” y “El color de las brumas”.

Total que el mundo resulta ser un pañuelo bordado con líricas insinuaciones, repleto de sueños realizados y adornado con todo tipo de afectos, sentimientos y deseos. Y Verónica Aranda los va coleccionando en sus libros. Por ejemplo en “Tatuaje”, el libro galardonado con  el VIII Premio de Poesía “Antonio Carvajal”. Este poemario, no obstante, consta de dos partes; la primera da título al libro y contiene veinte poemas; nos relata un viaje hacia los confines de la geografía y el amor. Barcos, naranjas, seda, Europa descansando en los confines, el abandono de la pasión y los paisajes. Los universos de la poesía se hacen inmensos, recorren los afectos y las dudas. “Yo fui una fugitiva de septiembre./Quedaste, entre las mesas, con la cesta/de frambuesas intactas y saudade/y el mimbre del rencor y aquella rua/del barrio azul que nunca atravesamos,/dejando allí la ropa/ tendida para siempre en el vacío”, leemos en el poema XII. Hemos llegado hasta aquí trás visitar ciudades en la memoria, bandadas de gaviotas, promesas de amor o habitaciones vacías. Son aguas itinerantes, cielos luminosos, puertos intermitentes (del Mar Rojo a Goa, de Roma y Lisboa a Bombay, donde los trenes recurren a la soledad y tristeza, pero con un fondo de sándalo y acaso de rocío). “Siempre fui por inercia hacia el amor furtivo,/aquél de las ciudades portuarias: Buenos Aires/con filo de arrabal, La Habana vieja,/Lisboa y sus Biralbos misteriosos”. Hay como una decisión imperiosa de atrapar voluntades y fachadas, recorrer los mundos del silencio y los abiertos espacios de la pasión. Surgen aires de océanos y retornos de espuma, como si estuviéramos ante un Quijote del universo, la poeta ávida de retornar a cualquier parterre en que sean posibles momentos de intensidad. Aparecen los tatuajes de la soledad o el incendio del deseo y la agonía. Pero siempre está presente el amor, la indecible historia de afectos permanentes y melodías amables. Estamos ante una poesía abierta a la aventura donde si aparece un cierto poso espiritual también, o sobre todo,  regresa la candente pasión de la mujer ante el mundo de la alegría, ante la belleza de la naturaleza y la cercanía de un universo en que aún es posible ver los campos verdes de la esperanza. (“Mi excepticismo puebla las hamacas/en las tardes de viento”). Trás la lectura de “Tatuaje” nos queda cierta sensación de abandono, de intermitente angustia. Pero es que así es la vida, un espacio repleto de regresiones, a veces cerrado a la ilusión y otras teñido con las brumas de la indiferencia y la belleza.

El volumen se completa con “La Morena de la Copla” que contiene 12 preciosas letras de esas canciones populares que forman parte de nuestro folklore más apreciado. Si en la primera leemos “Mi vida tiene un fondo de puñales/lanzados al vacío y lo nocturno/del aguardiente  y de la petenera/ahogada en los bordones del mal fario”, la última es “No me quieras tanto” donde el mundo se llena de ventanas para decir, sin mencionarlo, que el amor tiene itinerarios de intensa cercanía. Pero, entre tanto, surgen deseos y tabernas en “La Liria”o profundidades de vecindario y amantes esquivos (“Yo recuerdo/mi aldea toda blanca..”) donde es posible la turbulencia de lo íntimo. En “La Otra” hay guitarras, el miedo a la soledad inmerecida y alcobas deshabitadas. “Dime que me quieres” se nos antoja una especie de seguiriya apasionada, alternativa al amor irreconciliable: “Que en el altozano/nos dará Sevilla/sus blancas biznagas/su encalada brisa”. en”Ojos verdes” es otra vez la vida, el jardín esplendoroso y los horizontes felizmente reencontrados:”...era Roma/la que volvía sobre las colinas/de todos esos años escolares”. En “Callejuela sin salida” hay rumores de unos sueños preferidos, limpios, asonantes, precisos. A golpe de copla el mundo tiene color de los minutos apasionados, de los siglos imperecedores, de la poesía.

                                         

Estos días de agosto de 2012 andan a oscuras en algunas grandes urbes de La India. Pero Verónica Aranda ya hablaba de estas cuesiones en su poemario “Cortes de luz”, con el que obtuvo un accésit
del Premio Adonáis 2009; libro intenso y extenso que recoge impresiones, vivencias o inspiraciones fundalmente de su estancia en La India, cuando su autora fue pensionada por el gobierno de aquel inmenso y problemático país para realizar estudios de doctorado en la Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi. Aquí el lenguaje es sólo el testionio real de un deambular por los espacios más cercanos y las conciencias más nítidas. A veces es un suspiro, otras una amplia descripción del ajeno decorado, más allá un afecto con visos de permanencia, aquí mismo la tiniebla resultante de un apagón o de un desengaño. Vamos a ver: de la oscuridad palpable del primer poema pasamos a la desazón intermitente del último: “Yo domo las palabras/en este territorio luminoso/que se abre a lo posible...”. Es decir que estamos en esa grandiosidad de universos donde, como en Granada, todo es posible. “El lenguaje del nómada es sencillo” nos advierte de la aventura del idioma, de la necesidad de remodelar nuestro pensamiento ante culturas diferentes y pasiones imposibles. Pero, también, habla de la situación del poeta en los territorios ajenos de una inspiración pronta a despertar ante calumniosos espacios o situaciones desoladas. Lean la página 11 completa para estremecerse; no es lo mismo hablar que ser testigo de todos los abandonos. “Instinto de supervivencia” dice textualmente “Fuerte de Agra:/por la piedra arenisca/saltan los monos”. La autora recorre las profundidas de cierta violencia humana, y lo hace con valentía, sin dejar de esperar un cielo azul o un lugar apacible. Parece encontrarlo en “Rajastán”:  “...me detengo siempre a las afueras,/donde los artesanos/de cobre y mediodía martillean/las lecheras precarias”. Podemos arriesgar la vida o buscar la aventura, ser culpables de nuestra trayectoria imprevista o de nuestro ardor juvenil pero, al final, siempre llegaremos a algún lugar impregnado de afectos o de limpias madrugadas. Nos dá tiempo a presenciar “La caída” o ser espectador en “Bikaner”: “El sol y cinco gajos de naranja/en las manos deformes del tullido” y luego ver a los seres humanos luchando por sobre vivir al minuto siguiente, “Samode”, o asistir al trueque que hace posible esos nuevos amaneceres. “Aquella soledad de los niños acróbatas...” (“Feria del camello (Pushkar)” o una llegada irreprimida a “Jaipur” “...donde de nada sirven las metáforas/y el aroma dulzón de las ofrendas/si los rituales no nos justifican”. La poesía es algo más que una desazón, más que un espejo en el que puede aparecer un horizonte o una duda. Pero cuando una mujer o un hombre son capaces de arriesgar la propia vida por atrapar un paisaje, por encontrar un diálogo o por vivir una caricia, la poesía se llena de vitalidad y de color. La India es color y sabores. Reflejarlo es casi una obligación para que se sienta poeta en cada momento y, con ello, recurra a su propia pasión, desde el amor a la soledad, y lo vaya relatando, utilizando incluso el dolor para transmitirlo a los demás, para mostrar esos espacios repletos de certidumbre y de espadas invisibles, pero también de rosas perfumadas y de días claros abiertos a todos los futuros. Cuando Verónica Aranda nos lleva a “Bundi” para (es su verso) “Mezclar los planos de la realidad” ya nos parece penetrar en los umbrales de esa nación donde lo espiritual forma parte de un mundo carente de recursos, casi insultantemente pobre frente a las riquezas obsoletas de países que se dicen en crisis. En “Lodhi Gardens (Delhi)” leemos: “La tarde se llenó de loros verdes./El miedo del eunuco en el estanque/de anémonas rasgadas”. Es una poesía etérea, interesadamente crítica, brillante, casi visual. En ella veremos como se apagan bombillas y se encienden misteriores, (“Bombay”, “Colombo /Sri Lanka”, “Madrás”). De la antigua Ceylán nos quedamos con “la seducción del riesgo” y de Madr´s Verónica nos deja “el dolor inconsciente de existir”. Total que recuperamos cierto “Ocio” que “se asemeja los almuerzos” antes de probar suerte en “Katmandú” donde “El tiempo es similar a la mendiga/que en el templo de Durga, la diosa inaccesible,/se va despiojando a contraluz” y en “Calcuta” la inspiración nos permite conocer que “La ciudad crece en mí...”. Hay un poema glorioso en esta parte del libro, el titulado “Gwalior”. No es sólo la impresión de una creadora excesiva lo que nos queda trás esta lectura, es la sensación de vivir una experiencia excepcional, de conocer los sentimientos de quien mira a su alrededor y se sabe mortal pero indagador, permanente protagonista de la insatisfacción y la duda. En “Palampur” Verónica construye un pensamiento lúcido y omnipotente: “En un tren con asientos de madera:/el cansancio y los valles de manzanos”. Nos acecha cierta desconsolable insinuación: la de una huida a la infancia, a la insolución de los pensamientos perdidos. “Invierno en Nueva Delhi” nos sobrecoje sin desearlo: “Niebla y hogueras en la madrugada./Los hombres embozados avanzan hacia el caos./Motos, tifus, brazaletes./El niño sordomundo remueve un basurero./El azar en las mondas de patata”. Ser poeta en La India no parece fácil, pero la aventura forma parte de la capacidad del ser humano para sobrevivir : Y en esa supervivencia se anotan los deseos de quien va inscribiendo sus versos en los muros de la conciencia: “Juegos de tahúr” y “Apagón” son un monumento al esfuerzo humano, al tesón por recabar datos de la inutilidad de la miseria, a la afición de estar al lado de la música aunque cerca exista el albañal. El poeta de Reinosa, residente en Valencia Pedro J. De la Peña, visitó La India y nos participó sus tremendas impresiones acerca de la podredumbre, olores, escenas famélicas e ignorancia que pudo presenciar y que podría trastonar nuestras conciencias. Cierto, pues si Verónica Aranda recuerda: “Llegué indemne al umbral del templo de alabastro,/a la carne asombrada donde se curva el miedo,/a los bazares de la vieja Delhi” pero, antes del final, exclama: “En medio de los cortes de luz pienso en la muerte,/marcada en los estigmas del leproso/y en el sudario de los cuerpos jóvenes”.

Trás esos 24 poemas repletos de humanidad y vértigo aparecen los 28 de “El cítrico esplendor” con versos donde la sensibilidad se abre paso entre la maraña de sentimientos que el amor produce. Sobresalientes intimidades, instancias veleidosas, delirios en medio de espacios ateridos por la urgencia de la soledad, espasmos de la espera y plenitud e los momentos compartidos. Sin que la autora lo sospeche siquiere aparecen imágenes de Vicente Aleixandre, de Pablo Neruda, de Pere Gimferrer, de Antonio Porpetta, de Federico García Lorca, de Alfonina Storni, de Claudio Guillén Acosta, de Alejandra Pizarnik, de Miguel de Cervantes, de Claudio Rodríguez,  de Jorge Luis Borges, de Fernando Pessoa, de Ana María Moix, de Jesús Hilario Tundidor. Ah. Durante siglos enteros el universo se abre al ser humano y éste transita por todos los destellos, por el amor intenso y por la amargura incipiente. Recorrer el mundo y esperar una mirada, tan sólo eso. Hay un poema sobresaliente, el último, donde se concitan todas las ilusiones, los amaneceres, las esperas, los . temblores de la indecisión o la aventura de la pasión más ciega. Si no se lee completo valga un esbozo: “Y amarte fue también mi oficio más humilde,/como tejer guirnaldas durante treinta noches,/ser acróbata en ferias polvorientas/o intuir vidas por algunas monedas/en la choza precaria del astrólogo ciego”. No obstante la existencia siempre nos depara nuevas exactitudes, incluso retornando a la adolescencia o atisbando las alegrías poco premeditadas y tan reconfortante. La poesía es capaz de reinventar los afectos o de evitar la profunda tristeza de la nada. Por eso recordamos unos versos de Verónica Aranda, al agradecer por ahora, todos los suyos:

“Hermoso fue abrazarte en la mañana;/aquella ingravidez de altas espigas”.


Manuel Quiroga Clérigo.

San Vicente de la Barquera, 5 de agosto de 2012.

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