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martes, 25 de octubre de 2016

Anémona, Jamila Medina Ríos (Cuba)

AnémonaJamila Medina Ríos. Polibea, Colección "Toda la noche se oyeros". 121 páginas. 2016.

                         
                                FASCINACIÓN CUÁNTICA

Vivir en una isla puede condicionar la manera de ser y de estar en el mundo, más aún siendo mujer, y todavía más cuando hablamos de una mujer rebelde, curiosa y retadora, poco dada a los límites. Cuando el mar es “una cárcel de agua” y el espíritu siente en sí la llamada de lo ignoto y de la aventura, surgen voces potentes, singulares que tratan de expandirse por medio del lenguaje. Es el caso de Jamila, y prueba son sus poemarios Huecos de araña, Primaveras cortadas y sobre todo, Anémona. Este libro supone un esfuerzo titánico por sobrevolar el mundo conocido en busca de otras tierras y por describir las emociones que sugiere el entorno, la isla. Este pulso entre contrarios crea una tensión que se mantiene a lo largo de la obra. Y es que Jamila gusta de explorar las incongruencias y complejidades de la condición humana. Así, viajamos a través de sus páginas a la Mesopotamia de hace 5.000 años, al Egipto de Cleopatra, a la isla Tamir, a los bosques helados de la Taiga o al refinado Londres; viajamos en el espacio y en el tiempo para sorprender a las geishas aplastando pétalos de cártamo con el fin de obtener un maquillaje color rojo aurora boreal, o para acompañar al explorador finlandés Adolf Erik Nordenskiöld en su viaje a Siberia a bordo del Vega. El caso es proyectarse hacia otras vidas, sentir que la propia mantiene semejanzas con las vidas de otros, que la insularidad se encuentra en tierra firme y que el arraigo se puede conseguir en una isla. La memoria y el sexo anclan. El erotismo salva de la monotonía, de los días clonados. No deja de ser paradógico que el acto sexual, pese a su carácter redentor, liberador, se sienta como una invasión hiriente (falos como cuchillas), a menudo insatisfactoria. Pero ya adelantaba que Jamila es inmisercorde con la realidad, que no recurre a máscaras que embellezcan el mundo. Si el mundo es bello es porque resulta contradictorio, imposible de domar.

Otra manera de huir de la repetición, de la circularidad de la isla, es la búsqueda de nuevas formas de expresión. Anémona es un banco de pruebas donde Jamila experimenta con un amplio repertorio de registros, de metros o de figuras literarias. Junto al largo poema en verso libre (de hasta 113 versos) encontramos poemas en prosa; al lado de cultismos (cutícula, espelunca) aparecen frases hechas (dar candela) y préstamos (fitness, windows, twitters); conviven palabras pertenecientes a un registro informal (desembuchar) y tecnicismos propios de la medicina (carcinoma, metástasis).

A esta riqueza léxica se le une el amplio conocimiento que tiene Jamila de los mitos helenos (Ícaro, León de Nemea). Y es que Anémona semeja un batiscafo provisto de periscopio con el que la autora otea, espía, el mundo legendario y el presente. De hecho, abundan en el libro sorprendentes descripciones de ese mundo exterior al sujeto que enuncia. Es en estos pasajes donde la poeta hace gala de un estilo barroco: irrefrenable, abundante, colorido, lleno de imágenes y de metáforas. Desfilan por el libro malecones, gaviotas, grúas postuarias, campos de algas, pejesapos, peces serrucho, tripulaciones de anguilas, mares de vino blanco o islas encalladas.

Jamila se lanza a la escritura para escapar de la reclusión a través de la fantasía. Cuba se le queda pequeña. Su ansia de desbordar la orilla de la playa nos ha dejado un libro potente y angustiado. La autora parece una pantera que ronda los barrotes que la encierran, y estudia el modo de atravesarlos. La isla es un castillo que protege, pero también un mausoleo levantado sobre las espumas.

Anémona es un poemario imprescindible para conocer la nueva poesía que se escribe en América.

                                                                              © Ariadna G. García
                                                                    (Del prólogo a Anémona)

El libro ya está disponible en las siguientes  librerías:

Centro de Arte Moderno. C/ Galileo, 52. Madrid
El Aleph. C/ Ferraz, 22. Madrid
República de las letras. Plaza Chirinos, 6. Córdoba.

O enviando un correo a: maqueta@polibea.com

Precio: 10 euros.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Presentación en Madrid de La vela y el náufrago y Anémona

Os esperamos el miércoles 28 en el Centro de Arte Moderno. Presentamos en Madrid los dos nuevos poemarios de la colección "Toda la noche se oyeron. Poesía Latinoamericana de ahora, de la editorial Polibea: "La vela y el náufrago" de Zurelys López Amaya y "Anémona" de Jamila Medina Ríos.  Dos libros imprescindibles para entender y paladear la poesía cubana actual. Tendremos el honor de contar con la presencia de las autoras, que participarán también en el Festival de poesía Cosmopoética de Córdoba


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Alberto Rodríguez Tosca, in memoriam

 
 
ALBERTO RODRÍGUEZ TOSCA (Artemisa, Cuba 1962-La Habana, 2015), falleció hace unos días en La Habana. Considerado uno de los poetas más importantes de su generación (la generación de los 80 en Cuba), en 1987 obtuvo el Premio David de poesía con el libro Todas las jaurías del rey y mereció el Premio de la Crítica en 1992 por su libro Otros poemas y en 2006 por el poemario Las derrotas. Residía en Colombia desde 1994.
Según Arturo Arango, “su poesía, más que derivar por contextos específicos, por los vericuetos de la vida nacional, se centró siempre en las angustias del individuo, en la relación del escritor con esa otra parte de su ser que es la palabra, en los límites de esa misma palabra y de la existencia.”
Os dejo tres poemas de Alberto, a modo de pequeño homenaje.
 
Las derrotas
Aquí comienza la enumeración de mis derrotas. Las que me propiné me propinaron. Les ordeno marchar en fila india como bestias marcadas con broquetas de azufre a la vista de una horda de ángeles. Les tapo los oídos para que no se distraigan con la euforia de los triunfadores. Las beso en la boca para que se distraigan con mi beso mientras pasa la quinta columna de los hombres felices. Este lunes, mis derrotas y yo nos pusimos de acuerdo para mirarnos a los ojos. Ya nos estamos viendo, rozando con los dedos, casi amándonos a la sombra indiferente de un cielo en llamas: Amigos idos, cuerpos enfermos, espíritus en ruina, vinos baratos, endiablados alcoholes, heridas en la cara, lenguas traidoras, mujeres en fuga, puertas clausuradas, plegarias, miedos, hambres, fiebres, cansancios, filias, fobias, héroes, mártires, extravíos de fe, hojas en blanco, naves a la deriva, falsos poemas, entierros, destierros, nombres propios, recónditos adioses, mis 38 años, todas las tumbas: mi madre en una de ellas, y polvo, polvo, mucho polvo cayendo sobre la realidad como chispas de agua sin consagrar en un bautizo embrujado. Ya fueron despedidas todas las plañideras. No habrá lamentos pero habrá un gemido. Un solitario gemido de papel a la luz de dos lunas. La mía y la vieja luna del mundo sobre cuyas laderas se acuestan con la muerte todos los derrotados. Buenos días, siglo. Por fin nos encontramos. Ojalá no hayamos llegado tarde a la cita.
 
Las vidas tranquilas del dolor
Vienen y van como cometas perdidos en una galaxia enemiga. Arden en la fragancia de los trinos y no se comprometen si no con sus propias estelas de agua. Son las vidas tranquilas del dolor. La calma chicha de la sangre agujereada por alfileres de seda. La fuente. El puente. Una estación para sembrar pequeños botones de bocas cerradas. El silencio no es humano. Lo alquilan en la tierra para falsificar la gloria de los dioses. Pero si callas hoy mañana te será dado un reino de noches sin culpas y devuelta la devoción por la música de los desiertos. No soy digno de decir lo que digo. Pero la madrugada será larga y nadie llamará para decir que no soy digno de decir lo que digo. Una cerveza, un ánfora, una foto, un perro, un vaso, un puerto, una tumba de más, una conversación con las estrellas y un país. Así transcurren las vidas tranquilas del dolor. Entre un cuerpo que tiembla y una ventana por donde alguna vez se fugó el día
 
El extranjero
Hoy me puse mis galas de extranjero para salir a caminar. Esta ciudad no es mía. La recorro sin prisa. Dejo que me recorra como lo haría la mano de una niña abandonada en una caja de cartón ante la puerta de un prostíbulo. La ciudad ignora que yo existo. Me escurro entre portales, columnas, puentes, autos, muros, gente. Soy un fantasma aferrado a su túnica como al último madero de un bosque a punto de zozobrar entre las ruinas de un suburbio en llamas. En cada esquina me aseguro de que aún llevo la isla en peso doblada en el bolsillo. Asechan los ladrones. Los asesinos cumplen su ronda alrededor de los ensueños del paseante solitario. Despiertan exhaustos los amantes al regreso de la dura faena. Si algo le pasara a la isla en peso que llevo en el bolsillo, la lluvia que ha empezado a caer quedaría congelada en el aire y tendríamos que abrirnos paso por entre espadas de hielo. Si algo le pasara a la isla que llevo en el bolsillo. Me resguardo en la barra de un bar del barrio La Concordia y pido una cerveza y un reloj. Busco el aturdimiento en el reloj y la hora exacta en la cerveza. Escribo este poema al dorso de la carta donde me advierten que debo seis meses de alquiler. ¿Será muy tarde ya para rendirle cuentas de las derrotas de anoche a la noche de las derrotas de mañana? En la mesa contigua un hombre llora, otro habla con la sombra de un barco que navega desconsoladamente en la pared. Yo pago la cerveza y vuelvo a la intemperie de un mundo que gira a la velocidad de un lirio. Sí, esta ciudad no es mía, pero tampoco de quienes la heredaron. Es del alba, es del sueño, es de la noche. Por eso hoy todos nos pusimos las galas de extranjero para salir a caminar.
 
                                                                                  © Alberto Rodríguez Tosca

viernes, 27 de febrero de 2015

Tres poemas de Zurelys López Amaya (Cuba)

                                Con Zurelys en el Centro Cultural Dulce María Loynaz, La Habana
                                 (Feria del Libro, 2015)

Vuelvo feliz de La Habana y con la maleta llena de libros, revistas y otros tesoros.  Iré colgando poemas y haikus de poetas cubanos que he ido descubriendo durante la Feria del libro y el Encuentro de jóvenes escritores iberoamericanos. Ha sido una gran experiencia participar y sumergirme en la vida cultural cubana.
Empiezo con Zurelys López Amaya, una de las voces más genuinas de la literatura cubana actual; mi hermana en la poesía. Este año publicaremos a cuatro manos un poemario en Colombia, con ediciones Corazón de mango. Estos textos son bastante representativos de su poética, que sigue una línea filosófica, existencial con interesantes reminiscencias pessoanas y orientales:

¡Gracias por estos días!


ZURELYS LÓPEZ AMAYA (La Habana, 1967)

El viaje es apenas un movimiento

Voy hacia el tren que disipa mi círculo. El círculo es marcado por el hábito de no salir hacia el exterior, hacia luces diferentes que mueven el cuerpo. Es difícil conformarse, guardar el deseo, el tiempo que llevamos en la orilla donde el ave deja sus huevos y emigra en retorno incesante. Casi nunca salgo de la Habana. Me sumerjo entre caracoles dispersos que respiran la sal de cada día, como pez que mira temeroso el símbolo distante. Aparto el frágil discurso. Extraño la isla con sus muros y ciénagas. Ellos soportan la huella del caminante y del animal. No sueño despierta sobre la isla. Salgo hacia la ventana y miro la Plaza de siempre con su brillo empinado. Miro el infinito de los hombres. Recorro sus costas con la ternura del que llora y cree en el mañana. Pienso en el color de mi sangre, inmersa y repetida por los años, revolviéndose en mi cuello hasta sentir que no se zafa uno de la isla, que no abandonamos la bandera por los sueños de conocer el mundo. La isla es el sueño marcado del que añora.

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Navegación
el sueño es ver las cosas invisibles...
                              Fernando Pessoa


Los puertos son las huellas del caminante que sostiene su esfera. Nada puede cambiar los ojos hacia el puerto. Él mira hacia los barcos con banderas diferentes. Mira el puerto con la tristeza de un caminante. Un niño lo observa detenido en el aire. El hombre mira hacia el vacío. El niño mira a los barcos con banderas diferentes. 

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El cazador

Mi sueño es un sueño tímido.
Hay un arco con flecha escondiéndose del árbol,
del venado libre que mueve su esqueleto para no morir.

Venado y yo salimos a conocer el bosque
transitado por arqueros mediocres que desean su carne.

El rey y su riqueza juntan balas para matar elefantes.
Yo no diría rey herido y solo,
inmerso en su juego de matar.
Diría animal sin principios,
hombre- animal que juega a la muerte sin prisa.

Mi sueño es un sueño tímido,
cansado de mirar reyes que matan elefantes.
Prefiero descubrir un ave encerrada en el castillo del rey
que un elefante muerto por el hombre.
La vida sigue su curso,
los reyes disfrutan la muerte de alguien que lanza agua con su trompa
para alegrar a sus crías.
No diría rey herido y solo,
inmerso en su juego de matar.
Diría animal sin principios,
diría palacio de reyes con alfombras y cabezas de toro,
diría dinero malgastado que no cubre el hambre del hambriento.
No gastaría el dinero en matar elefantes para satisfacer un hambre.
Una cosa es dibujar a una boa comiéndose a un elefante
y trasmitir el mensaje de la supervivencia
y otra convertirla en tierra y ceniza.
Exúperi y su príncipe tuvieron un amigo en común.

(Poema publicado en el nº 8 de la Revista Aúrea, diciembre de 2014)

                                                           © Zurelys López Amaya